AMLO, el adversario de un modelo de opresión

Por: Eduardo Febbro.

El triunfo de Andrés Manuel Lopez Obrador.

Fue un día del color de México: el verde intenso y ensoñador de los chiles poblanos. Punto de partida y término de una historia de casi un siglo durante el cual un mismo partido, el PRI, gobernó a lo largo de 70 años ininterrumpidos. Sólo hubo una transición de desencantos entre el 2000 y 2012 (PAN) hasta que el PRI, con Enrique Peña Nieto, volvió a gobernar hasta este domingo. Generaciones y generaciones de mexicanos sólo conocieron a los descendientes del partido fundado en 1929 por el ex presidente Plutarco Elías Calles (1924-1928). Este domingo de comunión entre familias y largas sobremesas abrió una grieta en la historia mexicana. México asumió colectivamente el desafío de una contra revolución democrática, pacífica, y moral. Manuel López Obrador, el candidato de Morena que venció en los comicios, lo soñó. Su pueblo lo plasmó, sin groserías, ni quema de banderas, ni menosprecios raciales como lo hizo el emperador de la grosería política que es Donald Trump.

AMLO, un hombre que se forjó en el PRI, pasó a formar parte de la izquierda en el partido PRD hasta que, en 2012, fundó su propio movimiento, Morena, hizo realidad en las urnas lo que él llamó la cuarta transformación de México después de la Independencia, la Reforma y la Revolución. El vuelco ha sido enorme, a la altura de un país que encarna como pocos el sueño de la emancipación americana y luchó y lucha por su soberanía y su libertad ante

el vecino norteamericano que desde el siglo XIX lo lastima en su piel y su alma. Estados Unidos se estrenó como imperio intervencionista con la primera expedición colonial de su historia cuando, entre 1846 y 1848, invadió el territorio mexicano y terminó creando La República de Texas, un territorio que antes pertenecía al Estado mexicano.

Fue un domingo del color mexicano: verde como el dulce guacamole donde no se notó que un hombre había ganado su apuesta en las urnas y con ello destrozó la sagrada ópera política de un sistema tan criminal como corrupto. AMLO, como también lo llaman a López Obrador, se esboza a estas horas como el ganador de la elección más importante de la historia de México: además del nuevo presidente, se eligió un  nuevo Jefe de Gobierno de la capital y 16 Intendentes de la Ciudad de México, 9 gobernadores, 1850 presidentes municipales en 24 estados y 927 diputados en 27 Congresos Estatales (En el Congreso hay 500 diputados y 128 senadores que podrá reelegirse).Su victoria tiene el sabor de la burla retrospectiva de los estatutos originales del PRI. El dirigente que derrotó al partido dinosáurico simboliza y sintetiza las intenciones que figuraban en los primeros pasos del PRI en el siglo XX. “una disciplina de sostén al orden legal” e “Instituciones y reforma social”. Morena y la coalición Juntos haremos historia (Morena-Partido del Trabajo-Encuentro Social) consiguió perforar el muro del santuario protegido por el PRI y el PAN con una continua promesa de cambio, una reforma social substancial y la restauración del “orden legal” a través de la erradicación de la violencia y la corrupción. “Fue como el vuelo lento del pájaro que va por otro nido”, dice Ramón Sánchez, un coordinador de Morena en la Colonia Buenos Aires, un sector pobre de la capital. Por esas zonas de pobreza y trabajo de sol a sol se veía a un México aliviado, expectante todavía de las confirmaciones oficiales. “Nunca pensé que llegaría este día. Creí que a AMLO lo iban a matar antes”, dice Amalia, una de esas jóvenes de 23 años que constituyen la avanzada del voto de Morena. En los barrios más ricos, Polanco o Lomas de Chapultepec, los burgueses andaban con cara de susto. Un muchacho rubio y joven preguntaba por las calles de Polanco donde quedaba la casilla Pabellón para votar. Cuando le indicaron dijo: “qué horror, si gana López Obrador me voy a Suecia”. Esa clase dominante que defendió sus privilegios y su impunidad a punta de pistolas y sobornos tiene una máscara de terror. Los otros sectores sociales oscilan entre el entusiasmo, la felicidad que respiran los fines de ciclo y la incertidumbre. López Obrador ha sido el adversario radical de ese modelo de opresión que perduró durante décadas y décadas. Se izó como la bandera de la anticorrupcción y el saneamiento profundo a partir de lo que llamó “una Constitución moral”. Supo sumar a su batallón a la izquierda y a los ultraconservadores evangelistas del Norte del país, una pieza clave de cualquier victoria en México. Voló sobre su país como un pájaro sabio mientras los otros gastaban su credibilidad disparándole a sus muchas sombras. Entendió a México mientras sus enemigos políticos de esta elección, Ricardo Anaya, PAN, y José Antonio Meade, PRI, no se entendían ni a si mismos. El primero, un hombre de la cuna de centro liberal, hizo arreglos con las izquierda del PRD y se quedó sin su ala derecha. El segundo avanzó con el crepúsculo del PRI sobre sus espaldas. El partido del presidente Peña Nieto pagó sus incompetencias con la mayor desventura electoral en el ámbito Legislativo y en los estados donde estaba en juego el cambio de Gobernador. “No somos los triunfadores de este proceso”, admitió muy temprano José Antonio Meade. En la capital, la candidata de Morena, Claudia Sheinbaum, devastó al PRI y al PRD con diferencias que van de los 20 a los 40 puntos.

En las presidenciales, las distancias son similares. Amlove (otro de sus apodos) ya no es “la esperanza” sino el jefe. Los 20 puntos que les sacó a sus rivales son la traducción inapelable de un país que gritó basta. Y lo hizo con los colores y la modestia silenciosa de este país donde se mezclan con una sabiduría inigualable todos los contrarios; el picante del chile con lo agrio del limón, la untuosidad soberana del chocolate con la ternura crocante del maíz. El nuevo modelo latinoamericana nació en la frontera entre el imperio y nosotros. La contra revolución democrática de México viene a iluminar en un territorio devastado un modelo apenas naciente. “Una cosa es ganar, la otra es gobernar”, aseguran los medios, afines o no. Ahora viene el inquietante cómo. El heredero del nacionalismo revolucionario ocupará el poder en un país donde la campaña electoral dio lugar a tantas alianzas al revés (izquierda con liberales, Obrador con evangelistas, el PRI fracturado entre la guardia vieja que optaba hacia la izquierda y su candidato oficial, un liberal de derecha) que México se despertará con las señales cambiadas. Sólo hay una certeza: la revolución del cambio arrasó en todo el territorio. Tal vez Andrés Manuel López Obrador sea para México lo que el ex presidente socialista francés François Mitterrand fue para Francia cuando ganó las elecciones presidenciales en 1981 con un programa de 100 puntos que nunca cumplió verdaderamente. Sin embargo, abrió el juego de una sociedad prisionera de una elite: aparecieron decenas de radios nuevas, canales de televisión, diarios, revistas y, con él, ascendió una nueva generación que modernizó a Francia. Eso y la derrota de la corrupción y de un Estado cómplice con el crimen organizado que siembra asesinatos de miles y miles de inocentes sería ya un México en el paraíso. Ayer fue un domingo del color y la sensibilidad de México: silencioso, profundo, secreto y siempre de pie.

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Nota: Este articulo fue publicado en el Diario Página 12 el 2 de julio de 2018.