El capitalismo religioso y la exclusión laboral de la mujer en Oriente Próximo

Por: Nazanin Armanian.

La primera reserva mundial del gas y petróleo del mundo, está en la cola del Índice de Brecha Global de Género. Oriente Próximo (OP) tiene además la tasa más baja de la participación de la mujer en el mercado de trabajo, un 22% ,comparando con la media mundial, que es el 45.4% (Banco Mundial, 2016), y éste es justo uno de los principales motivos del escaso desarrollo de sus países en todos los sentidos. Yemen y Turquía se sitúan en los dos extremos, y Siria, Jordania, Irán, Arabia Saudita, Líbano, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Egipto, Omán y Túnez, en el medio; y eso a pesar de un alto crecimiento económico, el aumento de la alfabetización, y también de la caída en la tasa de la fertilidad en la última década. A pesar de que el trabajo de niños y niñas no está prohibido en OP, las estadísticas no han “visto” a millones de niñas pequeñas que son explotadas en los lúgubres talleres de alfombra, en los hornos de ladrillos, o talleres de textil.

Contrastan con esta realidad las Repúblicas Ex Soviéticas “musulmanas” de Asia Central, que durante setenta años vivieron en un sistema laico: El 75% de las mujeres de Kazajistán trabajan en los sectores formales.

El retroceso en los derechos de la mujer en el OP tiene dos principales motivos:

  1. El avance de la extemaderecha religiosa desde la Guerra Fría, y la instalación de regímenes fundamentalistas, que se mueven en dirección contraria del resto del mundo: hacen la apología de la discriminación de la mujer, con argumentos sobre las “diferencias biológicas”, y representada por una prenda: el velo, sin el cual ellas no podrán estudiar, trabajar, viajar, llevar a sus hijos al médico, ni siquiera comparar una barra de pan. Santifican la discriminación de la mujer, en un intento de despolitizar la desigualdad. Las leyes de Familia, todas basadas en la religión, otorgan al hombre la jefatura de la familia, y la decisión de si la mujer puede trabajar, y cuándo, cómo y dónde. Detrás de esta postura lo que se esconde es
    1. La inviabilidad de sus recetas para crear puestos de trabajo. Pues, como temen la rebelión de los hombres desempleados, optan por asignar los escasos puestos a ellos, enviándoles a ellas a freír patatas en casa. Al mantener a tantas mujeres sin trabajo, mantienen bajos los sueldos de los hombres.
    2. Temen a la modernidad y a los cambios en los roles, pues les descoloca. La vieja ideología no les ha preparado para un mundo dinámico que cambia con una velocidad que ellos no pueden controlar. Se resisten a perder sus privilegios, perdiendo el poder sobre el cuerpo de la mujer.
  2. Las guerras que han devastado Yemen, Irak, Libia, Afganistán y Siria, han desmantelado también los derechos que las mujeres habían conquistado. La destrucción de las infraestructuras y las prolongadas crisis humanitarias, el desplazamiento de cerca de 60 millones de personas de sus hogares o la “aparición” de repente de millones de viudas, mutiladas y discapacitadas no para. Los conflictos eliminan los objetivos de igualdad de género, si los hubiera, de las agendas políticas. En Siria, la muerte de cientos de miles de hombres ha llevado a las mujeres a dirigir granjas, talleres, cultivos y también sus hogares. En 2010, antes de la guerra, las mujeres eran el 22% de la fuerza laboral formal del país, y eso a pesar de que La Ley de Familia, basada en la Sharia islámica, negaba a la mujer el derecho a trabajar, dejando la autorización en manos de su “tutor” varón. En la “posguerra” iraquí, han regresado las prácticas tribales, como el matrimonios de niñas de 7-8 años, y la inseguridad y el rapto de mujeres – convertido en suculento negocio- evita que muchas familias envíen a sus hijas a la escuela o les dejen trabajar. En 2016, las sindicalistas consiguieron que la nueva ley laboral prohibiera el acoso sexual en el lugar de trabajo, una de las principales barreras de la integración de la mujer iraquí al mundo laboral que utiliza sólo la potencial creativa del 15% de ellas.

Las singularidades del desempleo femenino

La amplia y profunda discriminación de la mujer en esta zona es estructural, cultural, y política, y se manifiesta en las leyes, tradiciones, hábitos, imágenes, lenguaje, y ¿cómo no? en la distribución del poder. Aquí, hablar de la desigualdad salarial suena cursi y los “techos” son de hormigón.

  • Los trabajos se dividen por género: De cómo es una educación sexista, un estudio de las ilustraciones de los libros de texto de la educación primaria en Irán revela que mientras los chicos son retratados realizando diversas actividades, haciendo deportes, arreglando ordenadores, son valientes, resolutivos y ayudan a los demás, las niñas son la imagen del “sexo débil”: aparecen en posturas pasivas y sumisas, van de la escuela a casa, “ayudan” en las tareas domésticas, y no realizan trabajos en grupo, ni se arriesgan (¿para qué ni sean “emprendedoras” en el futuro?). El nivel de la participación de las mujeres en el mercado laboral iraní ha caído a los niveles de la década de 1950, y ronda el 12%. En Egipto la mayoría de los señores se oponen al trabajo remunerado de las mujeres por afectar a su “hombría”; cerca del 80% de las mujeres son analfabetas, y las trabajadoras cobran hasta el 65% menos que los hombres en el sector privado. El acoso sexual a la mujer, a pesar de su riguroso hiyab, impide que no pocas familias se muestren reticentes a dejar que sus hijas trabajen. En Israel, otro estado teocrático donde las judías y las musulmanas deben acatar las leyes religiosas, las trabajadoras, que son cerca del 41% del total de los empleados, ganan un 35% menos que los hombres; una quinta parte de ellas vive en la pobreza. La presión para casarse acaba con sus aspiraciones laborales, que en caso de las árabes rara vez sale de los oficios “femeninos” como la limpieza, en los que cobran hasta un 40% menos del salario que las mujeres judías.
  • La indiferencia de las autoridades: La dependencia de la renta del hidrocarburo hace que los estados ricos en estos recursos no sientan la necesidad de explotar la mano de obra de las mujeres. Antes de la Guerra del Golfo Pérsico (1991), los estados de la región ni cobraban impuestos a los ciudadanos, lo cual le otorgaba al poder una independencia respecto a la sociedad, consolidando su autoritarismo. En países “musulmanes” carentes del Oro Negro, la clase gobernante no escatima esfuerzos en explotar a las mujeres en condiciones de esclavitud, eso sí, una vez que muestren el permiso del “hombre de la familia” para trabajar. La mayoría de los 8 millones empleadas en la industria textil de este país es mujer. En 2013, cerca de 1.100 trabajadores murieron en el derrumbe de una gran fábrica destartalada y miles más resultaron heridos.
  • La mirada sexual a la mujer, agravada por el regreso de las enseñanzas religiosa. Hay empresarios que, temerosos a “caer en la tentación” o ser acusados de abusos por los varones de la familia de la solicitante del empleo, no la contrata. Ante la dificultad de buscar mujeres sin familia y huérfanas, los empleadores les exigen un compromiso firmado de no casarse ni tener hijos durante el contrato.
  • Las políticas pronatalistas de los gobiernos. La negativa de las jóvenes en convertirse en “esposas”. En Irán, por ejemplo, el gobierno que se enfrenta con el envejecimiento de la población, ha prohibido los anticonceptivos y ha restringido aún más el aborto, para que sólo les quede una opción: casarse, y nadie quiere ser señalada por “solterona. Aun así, en 2017 ha habido un 8% menos de bodas (51.000) que el año anterior, y se han disparado los divorcios: 175.000 casos. Lo cual ha aumentado el número de familias monoparentales, madres con hijos, que se tiene que buscarse la vida. En Turquía , donde un tercio de las novias son menores de edad, el presidente Erdogan tacha de “seres incompletos” y  “traidoras a la patria” a las mujeres que no quieren tener hijos. Ha llegado a decir que el liderazgo político de la mujer “va en contra de la naturaleza humana”. Turquía e Irán son dos países en los que -sin estar en guerra- ha decrecido el número de mujeres con trabajo remunerado.
  • La privatización las empresas estatales ha expulsado a millones de mujeres que trabajaban en la enseñanza y la sanidad. Del filtro del sector privado, que tampoco es fuerte, sólo pasan mujeres de cierta edad y ciertas tallas.
  • La composición de las desempleadas: El porcentaje de trabajadoras con titulación superior es menor que el de trabajadoras con estudios primarios. En Irán, desde el 2010, cada año unos miles de mujeres salen de la universidad con un título sin encontrar trabajo. Hoy, el 45,5% de las graduadas universitarias iraníes, y cerca de los 4 millones de ellas, convertidas en “paradas decepcionadas” y de larga duración no desempeñan ningún papel en la economía de la nación. Por si fuera poco, en 2016, las autoridades prohibieron la contratación de las mujeres en las cafeterías, que muchas son espacios de reunión de escritores y artistas.  Aun así, las jóvenes siguen asaltando las universidades primero para culturizarse, y después para elevar su prestigio social y también su cotización en el mercado del matrimonio: una licenciada puede pedir más “mehriyeh” (regalo obligatorio que, según el islam, el novio debe registrar a nombre de la novia en el acta matrimonial) que una campesina con estudios primarios. Luego colgará el diploma enmarcado en la cocina.
  • Los sueldos bajos desaniman a las mujeres. Al estar prohibidos los sindicatos independientes, partidos representantes de la clase obrera y organizaciones feministas en muchos países de la zona, tampoco existen convenios colectivos o leyes de trabajo que defiendan los derechos de las mujeres asalariadas.
  • La relación directa entre el estado civil y el empleo: al casarse, sobre los 25 años en las zonas urbanas, muchas mujeres dejan su trabajo. Eso sí, seguirán estando al servicio del capital, pudiendo trabajar a destajo en casa -para la tranquilidad de la religión y los maridos-, cuando no están limpiando y cocinando, por un mísero sueldo.
  • El número de hijos en la familia: a más hijos, menos participación en el mercado laboral. La falta de una amplia red de guarderías públicas tampoco ayuda.
  • La distancia entre el trabajo y la casa: la movilidad laboral no está dirigida a ellas. No pueden estar ni unos días fuera de casa. En el Reino de Arabia, la ausencia de transportes públicos adecuados y seguros, y la prohibición de que ellas conduzcan, hace que pierdan ofertas laborales a unos kilómetros del hogar.
  • Las leyes disuasivas, como reducir las horas de trabajo de las mujeres, prohibir trabajos nocturnos, o algunos diurnos (minería, fuerzas de orden, restaurantes, etc.), restricciones sobre su forma de vestir y comportarse, les quitan el derecho de elegir una profesión.
  • Dificultad en obtener capital para ser “emprendedoras”, ya que para solicitar un préstamo deben contar con la aprobación de su “tutor varón”, además de avales económicos.
  • Carecer del poder. En Irán sólo el 6% de los diputados son mujeres; en Turquía el 4,5%, e incluso estas, por carecer de conciencia feminista o por haber sido elegido “a dedo”, suelen defender con pasión la desigualdad entre los géneros, y así consolidar su propia posición.

Por el momento, algunos mandatarios han propuesto resolver esta inadmisible discriminación con reconocer el oficio de “ama de casa” como una profesión remunerada, o que las super mujeres de la patria hagan un mayor esfuerzo para compaginar sus deberes de madre y esposa con el trabajo de fuera.

Es por ello que los expertos creen que el OP necesitará al menos 150 años para alcanzar la igualdad entre el hombre y la mujer.

¡Pesimistas! Si los factores mencionados aguantan unos pocos años más, serán los hombres que igualen sus derechos a los de la mujer.

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Nota: Este articulo fue publicado en el Diario Publicó el 4 de mayo de 2018.