La fábrica de nada”: Nosotros somos el capitalismo.

Por: Rubén Lardín.

¿Es una película un gesto político? La fábrica de nada pretende ser algo mejor, un gesto útil. Su propuesta es poner en escena la experiencia de unos operarios portugueses, en concreto de Póvoa de Santa Iria, que se imponen como custodios de su trabajo cuando la fábrica de ascensores que los emplea amenaza bancarrota.

Cine en cuestión

La fábrica de nada, que es cine realista, de las personas y de lo cotidiano, parte a nuestros ojos tocada por la sospecha de impostura y pensamiento burgués que afecta al noventa por ciento de lo que se llama cine social, por lo general facturado por señoritos en misión samaritana. La película se ve recorrida por ese temor de esterilidad, pero su director, el joven portugués Pedro Pinho, sabe incorporar la propia duda a la narración, y así la película se cuestiona, se escucha, se discute y se pone en duda a sí misma para crecer en sabiduría.

El contexto es el que habitamos: un sistema basado en su propia hipertrofia y sin recursos para gestionar sus colapsos periódicos. El relato, la violencia permanente que la sociedad ejerce sobre los pobres, a los que ahora, desde que por temor dejamos de llamar a las cosas por su nombre, decimos desfavorecidos. Son, esa es la idea, los menos favorecidos por un sistema de explotación y crisis perpetua en el que estamos incriminados todos y cada uno de nosotros, incluidos esos supuestos desfavorecidos que, como se recuerda en la película, cuantos menos recursos tienen, más quieren saltar al otro lado.

Atrincherados los operarios en sus puestos, en la ausencia de trabajo reaparece el juego infantil, motor central de una película que por encima de todo es lúdica y vitalista. Pero el juego infantil es la antesala del tedio. Los protagonistas pronto se verán sometidos a un suspense sin secretos: solo queda esperar. Y en esa espera la película pondrá en cuestión el interés del espectador durante tres horas de inquietud. Es un cine con algo de sacrificio para un planeta con déficit de atención, pero como recompensa nos ofrece la posibilidad de una auténtica toma de conciencia.

Seguir a flote

La fábrica de nada, que en la posibilidad de autogestión que plantea recuerda de manera inevitable al clásico de Joaquim Jordà Numax presenta… (1980), es en cierto modo lo que hoy se llama un survival, ese género donde el conflicto se da por hecho y la resistencia es más crucial que el ataque. Es también un thriller con leves amagos de aventura, rasgos de documental, de comedia y hasta de musical. Presenta también trazas de mensaje en una botella y finalmente es una película espléndida, tan humilde como magnifica y con un arsenal de recursos que aluden al cine como acción directa.

Aunque apela a la idea de revolución que todavía late en algunos individuos, uno de los protagonistas se ocupará de recordarnos que si hay que dividir el mundo en dos bandos enfrentados no ha de ser entre derechas o izquierdas “sino entre aquellos que aceptan el mundo tal y como es y aquellos otros que están dispuestos a renunciar a las comodidades, a los móviles, a los viajes a la Luna, a los tupperwares…” La mala noticia,  concluirá, es que nadie está dispuesto a hacer esas renuncias.

Como ensayo ético, otro de los avatares de una película llena de sorpresas, las conclusiones que nos hace extraer son desoladoras, y se refieren a la vergüenza de la izquierda europea, incapaz de responder a las crisis, a lo improductivo de las pamemas asamblearias, a las alimañas que pueblan los departamentos llamados de Recursos Humanos o a la actual banalización de tantos movimientos que en los años 60 parecieron importantes.

Dedicada a los trabajadores de Fateleva, que entre 1975 y 2016 llevaron a cabo una experiencia de autogestión de la antigua fábrica de ascensores Otis, La fábrica de nada es una película importante. Una que no nos confronta con nuestra inacción sino que pone en evidencia lo contrario, nuestra actual manera de conducirnos en un sistema en el que somos parias de nosotros mismos, los últimos monos desde que en algún momento vendimos nuestra vida, nuestra existencia completa y nuestra identidad… para comprar otras cosas.

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Nota: Este articulo fue publicado en el Diario el 12 de mayo de 2018.