La sopa de plásticos, una amenaza global para la cadena alimentaria

Por: Malen Ruiz de Elvira.

Nuevos estudios confirman la gravedad del problema y el Congreso de los Diputados acuerda las primeras medidas para paliarlo

Nuestra época quedará definida en los registros históricos como la Edad del Plástico, de la misma forma que están en ellos la Edad del Hierro o del Bronce, aseguran los científicos. Sin embargo, detrás de esta grandilocuente definición se atisba ya un estado de emergencia, el causado por la epidemia de plásticos, la mayor amenaza global para el medioambiente y la salud a corto y medio plazo a la que se enfrenta el mundo, comparable, según algunos, al cambio climático.

En España, en lo que parece un milagro político, el Congreso de los Diputados acaba de aprobar (con los votos en contra únicamente del PP) legislar para la prohibición progresiva de los utensilios y bolsas de plástico de un solo uso, entre otras medidas que solo pueden calificarse de sentido común. Las toallitas limpiadoras (que se arrojan alegremente a los inodoros aunque no son biodegradables porque contienen plástico) y las bandejas de poliestireno (no reciclables en absoluto y ya prohibidas en lugares como Nueva York) están también en la diana de los legisladores. Otro objetivo son las microbolitas de plástico (de menos de cinco milímetros) que se fabrican para usos tan absurdos como el de abrasivos en la higiene personal (exfoliantes para la piel y dentífricos), cuando existen alternativas biodegradables, y que terminan en los ríos y el mar al atravesar fácilmente cualquier filtro existente en las depuradoras.

El problema está en cualquier plástico que no se recicle (la mayor parte actualmente), como muestran las enormes islas de residuos plásticos que ya existen en el Pacífico, y en menor medida en el Caribe, y las muertes de animales por ingerir plásticos grandes. Sin embargo, el gran desafío está en el producto de su degradación, los microplásticos. Estos son residuos de pequeño tamaño, al igual que las bolitas, que pueden permanecer en el ambiente centenares de años e introducirse en la cádena trófica, con consecuencias que no se conocen.

¿Durante cuantos años se podrá seguir comiendo una merluza o un bacalao sacados del mar antes de que su contenido en microplásticos haga que se prohíba el consumo de cualquier pescado, y cuántos puestos de trabajo desaparecerán por ello? ¿A qué velocidad desaparecerán los turistas de playas antes paridisíacas y ahora llenas de residuos plásticos? Esas son solo algunas de las preguntas derivadas de lo que exponen los expertos sobre microplásticos en la revista COESH, una publicación de la editorial Elsevier, dirigida por el reconocido especialista español Damià Barceló, del IDAEA-CSIC en Barcelona.

Los plásticos son materiales que ahora, en su inmensa mayoría, se derivan de los hidrocarburos y resultan muy baratos. La solución más lógica es que estos polímeros de infinitos usos tengan un origen sostenible, como las plantas, y que sean degradables, pero para eso queda camino por andar y las fuerzas del mercado por sí solas no lo van a recorrer. La situación actual, se recuerda en la edición especial de la revista dedicada a este tema, es que en el mundo se producen unos 380 millones de toneladas métricas de productos de plástico no biodegradable al año y que los principales problemas de contaminación proceden de las citadas micropartículas fabricadas específicamente para productos cosméticos y otros usos, de la fragmentación de los plásticos por los procesos de degradación y de las depuradoras, que pueden descargar millones de partículas diariamente a cursos de agua y el mar.

Los especialistas revisan en esta edición especial lo que se sabe y lo que no se sabe sobre la presencia de microplásticos en el aire, la tierra, el agua y las regiones polares, además de plantear métodos de medida de la contaminación y posibles soluciones para evitarla. Los habitantes del mar ya están comiendo plástico, y nosotros también, alertan los expertos; las instituciones internacionales y nacionales no pueden decir que no se les está avisando, pero todavía no hay una reacción internacional comparable con la que causó la alerta de cambio climático.

Con cada comida, una persona ingiere un centenar de microplásticos en un país desarrollado como es el Reino Unido. La mayoría se desprende de telas sintéticas presentes en el hogar que pasan a formar parte del polvo y terminan sobre el plato, según un experimento realizado por la Universidad Heriot-Watt y publicado en Environmental Pollution.

“Las microfibras de plástico que están en el polvo de nuestros hogares y en el aire que respiramos pueden proceder de neumáticos, alfombras, telas y también prendas de vestir, como los forros polares, que las desprenden continuamente”, señala Julian Kirby, de Amigos de la Tierra. “Necesitamos que se adopte un plan de acción contra la contaminación por plásticos e investigar las consecuencias para la salud humana”.

Por ahora, señalan los autores del estudio, esta contaminación ambiental es mucho mayor que la que supone ingerir animales marinos. La producción de fibras textiles con plástico ha aumentado en más de un 6% anual en los últimos años hasta alcanzar las 60 millones de toneladas, un 16% de la producción mundial de plásticos. Existe el riesgo de que los microplásticos fibrosos en que se degradan estas fibras se inhalen (depende del tamaño) y causen problemas directos de salud relacionados con la reproducción, el cáncer y las mutaciones.

Esto se debe en parte a que estas fibras contienen aditivos como los tintes y los plastificantes y además pueden transportar otros contaminantes, señalan los autores (de Francia y el Reino Unido) del estudio publicado en COESH sobre los microplásticos en el aire. En cuanto a la presencia de microplásticos en el mar, todavía se conoce poco, explican los especialistas que tratan este tema. No existen dudas de la existencia de residuos de micro y nanoplásticos en todos los compartimentos ambientales oceánicos y de su invasión de las especies marinas, pero faltan métodos homologados para comprender la escala real de los efectos y las posibles amenazas para la cadena alimentaria y después para los humanos.

Hay que tener en cuenta, recuerdan, que especialmente los nanoplásticos pueden, una vez en el mar, absorber de forma concentrada toxinas y microorganismos tóxicos, como virus y bacterias, que pasarían así a la cadena alimentaria. Limitar el uso de plásticos y conseguir aumentar su reciclado (que es complicado y costoso) para evitar el vertido al medioambiente se presenta, pues con tintes de urgencia, ya que es un problema global, que no entiende de fronteras ni de límites y afecta por igual a todo el planeta.

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Nota: Este articulo fue publicado en el Diario Público el 17 de abril de 2018.