Por qué el cambio climático debe ser una prioridad en el currículum educativo

Por: Pilar Calvo Holgado.

El sistema educativo actual es en la actualidad irrelevante para los grandes retos a los que ha de enfrentarse la infancia y juventud en nuestro país. Poco o nada de lo que se está enseñando les será útil en diez años, en veinte habrán tenido que reinventarse si quieren sobrevivir.
El currículum educativo y el propio sistema aferrado a los temas del pasado y encadenado a los libros de texto no ha sabido ver la importancia de adaptarse a los tiempos y tanto los contenidos como los criterios de evaluación obvian las competencias críticas para afrontar con éxito un desenvolvimiento eficaz ante la crisis ecológica.
El cambio climático no puede ser tratado como un apartado más de los libros de Ciencias. La criticidad y transversalidad del tema se hace necesaria para comprender el mundo cambiante que rodea a quienes, a día de hoy son jóvenes estudiantes.
Desde las Ciencias Sociales, la Geografía e Historia, podemos analizar cómo la geopolítica y los asuntos bélicos, tan del gusto de los autores de textos escolares, han ido conformando un escenario de luchas por los recursos naturales, el petróleo, el agua, los alimentos. Los procesos industriales han contribuido de manera decisiva a la situación de crisis climática que tenemos en la actualidad y a la distribución de la población que ha desertizado las zonas rurales para concentrarse en ciudades contaminadas hasta hacerlas por momentos inhabitables. La inequidad y el desigual impacto de género que tiene sobre las mujeres el cambio climático tiene la misma relevancia hoy que la distribución de los grupos sociales en la Edad Media. Pero nuestra población joven es más probable que sepa lo segundo que lo primero a pesar de que la mitad de las estudiantes sean mujeres y les afectará de manera crítica.
Las Ciencias Naturales, la Biología y sus procesos no son cuestiones asépticas y un enfoque basado en la disminución de especies y sus causas, el impacto de la ganadería y agricultura industrial sobre la alimentación y la salud es una cuestión central para entender desde el punto de vista científico la relación entre causas y efectos.
Aún hoy vemos en patios de colegio a un alumnado que en sus horas de Educación Física “da vueltas al patio corriendo” como si fuera una escena de una película americana de marines preparándose para la guerra, pero en pocas ocasiones les educan para fomentar el gusto por los paseos, las caminatas a pie o el uso adecuado y seguro de la bicicleta para sus desplazamientos cotidianos. Tras el éxito de varios programas sobre caminos escolares, la comunidad educativa no ha sido capaz de normalizar con sus núcleos urbanos o rurales una forma natural de movilidad escolar que se ha demostrado conlleva numerosos beneficios.
Si nos acercamos a otras materias como la Física y Química o las Matemáticas, cuyos planteamientos prácticos de aplicación de fórmulas no conectan con las problemáticas comentadas pocas o ninguna vez, ni se aborda la velocidad a la que se degrada el planeta, a qué ritmo aumenta el nivel de las aguas, la composición de los residuos o las alternativas energéticas. Se hace poco digerible la dificultad de esas materias si no muestran cómo resolver los problemas prácticos a los que habrán de enfrentarse. Sin ir más lejos no se les enseña a comprender el recibo de la luz.
No se puede terminar este artículo sin citar la incomprensión por el vacío educativo respecto a la defensa de derechos ambientales y la obligación de movilizarse. La participación social y la iniciativa van a resultar una de las competencias básicas que están por desarrollar. El trabajo en redes y el uso de las nuevas tecnologías puede contribuir a esa tarea en común que tendrán que realizar nuestros jóvenes estudiantes si quieren sobrevivir. La educación en valores que tantas veces recurre a tópicos como la felicidad o la solidaridad debe tener en cuenta el bien común y la interdependencia ecológica entre poblaciones y entre generaciones. La propia Filosofía debe reconectarse con la Ecología. Los debates sobre renta básica en un modelo social donde el acceso a los recursos básicos es desigual, sobre las causas del cambio climático y los poderes globales, cambio climático y patriarcado etc deberían ser materia obligatoria, aunque solo sea por propia subsistencia para adolescentes y jóvenes.
Nuestras hijas e hijos escuchan a sus youtubers en inglés, están conectados como gamers con otras personas de las antípodas pero no somos capaces de trabajar sobre materiales didácticos de uso internacional que les permita contrastar los efectos del cambio climático y las posibles soluciones, locales y globales, con la ayuda del idioma.
Los programas escolares de alimentación saludable en la mayor parte de los casos están desconectados de las materias que les permitirían comprender que la manzana que hoy se comen en el recreo quizá no exista en unos años o tendrá un precio tan elevado que quizá no se la puedan permitir y que el bocadillo de pollo hormonado-clorado que compran en el bar de su instituto proviene de una granja donde no sólo se maltrata al animal sino que es fruto de un modelo de producción y consumo que es insostenible; pero la escuela se lo oculta, no sabemos si deliberadamente.
En definitiva, se trata de Ecología, de interdependencia ecológica, de ecosistemas físicos, sociales y económicos a los que la escuela es ajena mientras reproduce esquemas del pasado privando de aprendizajes críticos para la vida a quienes tendrán que afrontar el mayor reto global de la humanidad: el cambio climático. El objetivo es claro, facilitar desde los currículums escolares nada más y nada menos que “competencias vitales” y habilidades ecológicas urgentes.

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Nota: Este articulo fue publicado en el Diario Público el 3 de febrero de 2018.