Transición ecológica: el futuro de la economía empieza en los municipios

Por: Javier Carrillo.

Es difícil a día de hoy todavía encontrar quien reconozca el término “economía ecológica” como algo más que una serie de meras intenciones bien sonantes. Hace pocas fechas durante una conversación con un político de la Comunidad de Madrid, éste se quejaba, entre bromas, de no entender qué era eso de la Transición ecológica, ni qué tenía que ver con la economía aquello que yo le trataba de explicar como parte de mis competencias en el Ayuntamiento de Valdemoro.

Para él sólo existía la Concejalía de Medio ambiente “de toda la vida”, y es que suele ser frecuente encontrar grandes obstáculos y resistencias en la cultura imperante, cuando se intenta introducir mensajes innovadores o rupturistas. Para una parte de la población, hablar de transición ecológica de la economía supone hablar de algo colocado en un mismo plano que, por ejemplo, los coches voladores o los ordenadores cuánticos, es decir algo que interiorizamos como inevitable pero que aún no somos capaces de discernir. Para otros, simplemente, es como intentar convencer a un señor de 80 años de las bondades del uso de un cajero automático.

Pero lo cierto es que día tras día nos encontramos viviendo ya en un escenario mundial marcado por los efectos derivados del calentamiento global, las emigraciones provocadas por las sequías prolongadas y las consiguientes crisis alimentarias, las guerras recurrentes por la posesión de los recursos energéticos, o los horrores del terrorismo de religión como respuesta fatua del tercer mundo a la pobreza e injusticias sociales. Todo ello son exponentes que ponen de manifiesto la imperiosa necesidad de reorientar el actual modelo económico basado en un uso intensivo de los recursos naturales. Un modelo agotado que en la práctica sólo ha servido para teatralizar en los países ricos una aparente calidad de vida en el corto plazo, pero que, lo que en realidad supone, es una cada vez mayor contaminación del aire, la tierra y los mares, provocando alteraciones sociales y políticas hasta hace poco tiempo olvidadas, así como importantes impactos sobre la salud y la seguridad de todos nosotros.

Ciertamente el concepto moderno de transición ecológica de la economía es de reciente creación. Sin ir más lejos, la Sociedad Internacional de Economía Ecológica se fundó hace apenas 30 años, y por lo tanto los esfuerzos de sus divulgadores más precoces encuentran aún dificultades para hacer asomar, fuera de niveles académicos, un discurso que rompe drásticamente con la teoría económica clásica, dentro del actual contexto que todavía se revuelve entre la derrota de la versión marxista de la economía capitalista de Estado, y el auge de las políticas neoliberales del capitalismo de mercado.

Desde un punto de vista racional, unir ecología y economía no sólo es posible sino que de hecho, podemos decir que una no tiene sentido ni futuro sin la otra puesto que la ecología, la ciencia dedicada al cuidado y conocimiento del entorno, no puede sobrevivir si la humanidad en lugar de conservar y proteger ese entorno, se dedica a aprovecharlo de forma depredadora y lo gestiona sin contar con los costes medioambientales y sin darse cuenta de que los recursos de nuestro planeta no son infinitos.

En este despertar apremiante, el ámbito local puede y debe ser la vanguardia de esa transición hacia un modelo de sistema productivo que se adapte a los límites marcados por el planeta que nos acoge, implementando políticas económicas capaces de elaborar un desarrollo sostenible que redunde en la reducción de la huella ecológica y conduciéndonos a un modelo de sociedad donde se generalice el progreso justo y seguro de los ciudadanos.

Es desde el ámbito de las políticas locales desde donde, por cercanía al ciudadano, primeramente se pueden modificar las pautas de consumo, desarrollar sistemas alimentarios sostenibles y sanos, impulsar una economía del reciclaje encaminada al residuo cero, incentivar a través de políticas fiscales el uso de energías limpias en viviendas y vehículos, o proteger y preservar los ecosistemas locales del desaforado abuso urbanístico.

Es cierto que en esta apuesta no se puede pensar en recetas uniformes porque los problemas y las limitaciones económicas son muy diferentes en cada municipio. En Valdemoro, nos enfrentamos al reto de corregir decisiones impulsadas desde la cultura del pelotazo, que condujeron a nuestra ciudad a un crecimiento que nos hizo pasar de 30.000 habitantes a más de 70.000 en un periodo escaso de 10 años, provocando una falta de servicios y de infraestructuras básicas acuciantes. Se dibujó un modelo de ciudad con nuevos barrios donde no existen centros de salud y faltan centros educativos; no se tuvieron en cuenta deficiencias graves en el transporte, los cuales incapacitaban para ofrecer un servicio con una frecuencia de paso mínimamente adecuada a las necesidades de cobertura de la población; ha habido una total despreocupación por la actualización de las canalizaciones e instalaciones de alcantarillado que se han visto desbordadas ante tal aumento de habitantes; y se ha puesto en peligro la riqueza ecológica existente en el municipio, con proyectos urbanísticos perfectamente programados para destruir zonas de especial riqueza ambiental, mientras a su vez se permitían la proliferación de vertederos ilegales incontrolados, y se construían grandes parques urbanos con lagos artificiales sin sistemas de depuración y con praderas de césped que no tenían en cuenta los costes mínimos de mantenimiento, ni la naturaleza del suelo de la zona, ni se respetaban las especies autóctonas.

Para reconducir estas problemáticas en un municipio en situación de insostenibilidad financiera, debido a una gestión municipal irregular, de corrupción y despilfarro llevada a cabo durante 18 años por Gobiernos de la derecha, el realismo político nos obliga a la toma de medidas transitorias que vayan modificando las pautas y las acciones gradualmente. Lo cual nos supone tener que mantener, a veces, un difícil equilibrio entre el indispensable inmediatismo político que muestre resultados a los vecinos y la continuidad que requieren modificaciones profundas y duraderas.

Y para ello también debemos buscar nuevos enfoques económicos, diferentes de los que nos proporcionan magnitudes utilizadas actualmente como el producto interior bruto o la renta per capita, en los que los valores de la economía ecológica sean el centro. Por ejemplo estadísticamente Valdemoro se encuentra entre las 20 ciudades españolas con más renta media anual por hogar (31.624 euros), según los datos del estudio sobre Indicadores Urbanos 2017 publicado por el Instituto Nacional de Estadística (INE), sin embargo nos encontramos con una ciudad desestructurada y socialmente nada más lejos de la realidad de esos datos.

Podemos decir que es ahora cuando Valdemoro se encamina hacia un modelo de sostenibilidad y de modelo de ciudad amable con el ciudadano y su entorno, iniciando un camino en el que otras ciudades como el Madrid de la alcaldesa Manuela Carmena, nos llevan dos años de ventaja al haber ya han afrontado políticas ecológicas y sostenibles, primordialmente en sectores de la gestión de la movilidad y la peatonalización de calles, la consideración de la contaminación como problema no sólo medioambiental sino de salud pública o los programas de reciclado selectivo de residuos sólidos urbanos.

De forma genérica, y parafraseando al propio Papa Francisco, la transición ecológica de la economía es una propuesta de salida ordenada de la economía del crecimiento y de las lógicas industriales y fordistas hacia otra economía, otra sociedad, en la que prime la sostenibilidad, la calidad, la solidaridad y la participación ciudadana. Es un proceso de “reformismo radical”, es decir una política de los pequeños, y a veces grandes, pasos a corto y medio plazo con objetivos inapelables en el largo plazo.

Y en esa propuesta hay que conceder un lugar preponderante a la política sana, o si queremos llamarla así, a la nueva política, a aquella capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, superando presiones e inercias viciosas.

Se trata, en definitiva, de no sólo evitar malas prácticas del pasado sino también de alentar las mejores, de crear una cultura centrada en no servirse de las Instituciones, de la tierra y de los recursos, sino de ponerlos al servicio de la gente, garantizando su futuro y su seguridad.

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Nota: Este articulo fue publicado en el Diario Other News el 27 de octubre de 2017.