Un siglo después (1917-2017): Un legado entre escombros

Por: Jose Luis Mateos Fernández.

Nadie consideraría razonable condenar la Revolución francesa por la evolución de la sociedad capitalista. En cambio, sí es habitual desacreditar la Revolución rusa desde los escombros dejados por el socialismo real, esa construcción política recreada por el estalinismo.

Se trata de la Revolución rusa y no solo de Octubre, de un complejo e inaudito proceso revolucionario del que Octubre fue su culminación. Una culminación que conviene recordar se podría llenar de matices, pues ese mismo proceso supera y se proyecta por encima del mítico mes. Respetando el calendario gregoriano, nos encontramos con profundas convulsiones sociales y políticas: Revolución de Febrero, Jornadas de Julio, Jornadas de Agosto contra la “korniloviada” y por fin, con la Revolución de Octubre. Aunque Octubre sea un desenlace repleto de simbolismo, hubo que transitar por febrero, julio y agosto, sin olvidar que los otros meses no dejaron de ser ricos en acontecimientos y en agudos conflictos sociales.

Entre el sueño de los de “abajo” y la hostilidad de las “élites”

Bien se puede considerar que la Revolución rusa condensó, en el espacio de 10 meses de 1917, cuatro revoluciones: febrero, julio, agosto y octubre. La caída de Nicolás II y de la dinastía de los Romanov, tras una inmensa insurrección obrera, en febrero. En el Petrogrado de julio de 1917, el proletariado ruso y las masas de soldados exasperadas por la continuidad de la guerra, descubren, con irritación (tras la fracasada ofensiva militar de junio), los vínculos de su gobierno “democrático” con los intereses imperialistas franco-británicos. El grito de ¡Fuera del Gobierno los ministros capitalistas! sintetiza, políticamente, las aspiraciones democráticas de la mayoría, apuntando directamente al gobierno de coalición. La insurrección proletaria de julio fue aplastada, los bolcheviques y otras organizaciones de izquierda ilegalizadas, los soviets arrinconados… Un mes después y tras la derrota de julio, la derecha se decide a ahogar en sangre el proceso revolucionario. El general Kornílov es el depositario de esas inquietudes, pero no contaban con la formidable respuesta del proletariado ruso. Kornílov, fracasa abandonado por sus propios soldados y por la huelga general que paraliza e impide los desplazamientos de tropas. Reacciones en principio defensivas se transforman en respuestas revolucionarias incontenibles. Es el momento del ¡Todo el poder para los soviets! Simultáneamente se comienzan a operar cambios en los propios soviets: mencheviques y eseristas dejan de ser mayoría en favor de los bolcheviques. La situación de doble poder, en octubre, se resuelve en favor de los soviets de delegados obreros, campesinos y soldados. El Gobierno Provisional había dejado de existir.

Como quiera que sobre Febrero y Octubre existe una profusa literatura (en ambos casos implicaron cambios de régimen), llama la atención, por su especial significado, las Jornadas de Julio y Agosto. En estos meses no se trataba de cambios de régimen y sin embargo, son los momentos culminantes de la estrategia bolchevique. Una maestría estratégica que sobre todo, logró poner en armonía la ética, el compromiso con los intereses de la clase obrera y los objetivos políticos.

En Julio, la clase obrera se lanza a una lucha desesperada contra los desastres de la Gran Guerra. El mes anterior el Gobierno Provisional había decretado una ofensiva militar en todos los frentes, lo que culminó en una derrota repleta de calamidades. El partido bolchevique, acertadamente, concluyó que la insurrección obrera contra el Gobierno no podía triunfar (éste controlaba todavía una parte del Ejército y además, el campesinado ruso permanecía pasivo). No obstante y estando en desacuerdo, se puso al frente de la movilización a fin de reducir los costes humanos y buscar una retirada ordenada que evitara una derrota de consecuencias fatales. Un magnífico ejemplo de identidad de clase…, los bolcheviques pensaron que si la clase obrera era derrotada, ellos correrían la misma suerte.

Un mes después, en agosto, el general Kornílov auxiliado por toda la reacción, decide acabar con la inestabilidad y con un golpe de Estado restaurar el viejo régimen o cuando menos, poner fin a la revolución. Los bolcheviques ilegalizados tras las Jornadas de Julio, con sus dirigentes escondidos o detenidos, se aprestan a salvar al Gobierno Provisional y defender Petrogrado contra el golpe contrarrevolucionario. Así lo hicieron, sabiendo distinguir entre el enemigo principal, Kornílov (de haber triunfado liquidaría al Gobierno y por supuesto a los bolcheviques), del enemigo secundario (el Gobierno Kerensky). Es decir, aliarse con Kerensky para combatir a Kornílov. El comportamiento ejemplar de los bolcheviques incrementó la fuerza del partido hasta niveles impensables meses antes.

El recuerdo de la Revolución rusa supone una pesadilla para los grupos sociales dominantes, cuando la hegemonía del pensamiento neo-liberal ya ha mostrado su capacidad destructiva. No pretenden polemizar, se trata de descalificar o desalentar la posibilidad de construcción de cualquier proyecto emancipatorio. Los fantasmas no asustan cuando se contempla el pasado, sino cuando se recrean en el presente. Y para impedir su recreación, el neo-liberalismo tiene que reescribir el pasado.

Por tanto, no sorprende la hostilidad de estos grupos, fundamentalmente preocupados por la posibilidad de reencuentro con el “hilo rojo”, ese que une las justas y dignas luchas de diferentes generaciones por una sociedad mejor.

Otro mundo era posible

En su momento y en los años venideros la revolución disfrutó de un inmenso prestigio social e internacional. Incluso tras la despiadada guerra civil (1918-20) el mundo entendió que gracias a la revolución se precipitó el final de la Gran Guerra, la mayor matanza de seres humanos hasta entonces efectuada por el sistema capitalista. También los Imperios centrales, Hohenzollern y Habsburgo desaparecieron para siempre, les precedió la dinastía de los Romanov, baluarte de una autocracia de rasgos medievales. Se expandió la convicción de que la humanidad debía poner fin a todo aquello que había creado las condiciones para que los pueblos se despedazarán entre sí en beneficio de sus oligarquías respectivas. El capitalismo, el imperialismo, el militarismo fueron reconocidos como fenómenos aborrecibles. Generó tantas simpatías que tanto la socialdemocracia como el anarquismo fueron tentados a superar sus diferencias con el bolchevismo. En España tanto en el PSOE-UGT como en la CNT fue difícil sustraerse a las corrientes de simpatía hacia la revolución.

La revolución no fue obra de minorías audaces sino de mayorías sociales conscientes, capaces de aprender y asociar su suerte al desenlace del conflicto en curso, meses de grandes acontecimientos, de profundos virajes en la relación de fuerzas entre las diferentes clases sociales, un examen permanente para todos los grupos políticos, constituyendo una especie de selección natural en que se podía pasar del apogeo a la decadencia en breves días… Masivo y popular fue febrero y julio y agosto y así hasta octubre (siempre bajo el protagonismo y hegemonía de la clase obrera). Reducir Octubre a la pericia de un Comité Militar Revolucionario dependiente del Soviet de Petrogrado es un grave error que deforma la realidad que vivieron millones de seres humanos. Sin ese empuje masivo de las clases trabajadoras, sin su voluntad de vencer, la audacia del partido bolchevique no hubiese sido más que una quimera. Fue la fiesta de los pobres, de los excluidos (en cierto sentido la fiesta se prolongó durante semanas, hay que recordar que el nuevo gobierno de Comisarios del Pueblo se las vio y deseó para poner fin a las consiguientes fiestas callejeras).

Además, la revolución tuvo un innegable y contundente carácter democrático. Sin esa naturaleza nada hubiese sido posible: Poner fin a la Gran Guerra, sin anexiones ni indemnizaciones, reconocer el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas por los estados ruso, alemán y austro-húngaro, expropiación de los terratenientes y entrega de la tierra al campesinado pobre, nacionalización de la industria y control obrero de la producción y distribución de bienes, obligatoriedad de la enseñanza pública, repudio de la deuda externa, reconocimiento sin límite de derechos y libertades por igual para mujeres y hombres, separación absoluta entre la Iglesia y el Estado, convocatoria de una Asamblea Constituyente… En fin, todas ellas tareas propias de cualquier revolución burguesa, pero que, obviamente, ya no se podían hacer con la burguesía, sino contra ella. Conviene resaltar que este cuantioso programa de transformaciones sociales no era el programa de los bolcheviques sino la demanda permanente de la mayoría social organizada en los soviets, compartido, en gran medida por las otras fuerzas progresistas (mencheviques, eseristas y anarquistas).

Sin embargo, lo más importante es que la revolución demostró que otra sociedad era posible y en consecuencia que otro mundo también. Atrás deberían quedar las guerras, la ignorancia, la miseria y la exclusión social, la explotación del hombre por el hombre, cualquier forma de desigualdad, de opresión… En definitiva algo así como que la tierra será el paraíso, patria de la humanidad.

Elementos endógenos de una degeneración no prevista

Si la revolución social en un país atrasado con sus características específicas, con sus conflictos y sus fuerzas sociales fue elevada a la categoría de modelo universal indica, cuando menos, que los atractivos del bolchevismo fueron, en su momento, desbordantes. La posterior degeneración estalinista no anula su fulgor contagioso aunque sí la invalida como referencia transformadora en el mundo en que vivimos…

Sin embargo, no es justo considerar que el proceso degenerativo sea achacable al encumbramiento de una personalidad detestable (Stalin). Tras la revolución, la guerra civil, la invasión extranjera y las calamidades subsiguientes vienen a producirse cambios profundos en la estructura social que acentuarán el viraje hacia lo que ya sería irreconocible. Pero antes, hay elementos en el bolchevismo que facilitarán esa evolución, probablemente contra la voluntad y las ideas del propio partido bolchevique. Así, la teoría leninista del partido, la teoría del Estado y la misma concepción estratégica del proceso revolucionario, terminaron por dar cobertura a la posterior degeneración. No hay que desechar, por tanto, la existencia de elementos endógenos en el bolchevismo favorecedores de ese proceso:

La consideración del partido como factor necesario de la conciencia revolucionaria, como depositario y conocedor de los intereses estratégicos de clase, parece ser que inaccesibles a una clase obrera que, supuestamente, solo es capaz de conocer sus intereses económicos inmediatos. La separación deliberada entre una vanguardia omnisciente y unas masas moldeables terminarán alimentando la futura concepción autocrática del estalinismo. ¿Cuántas veces habremos escuchado aquello de que una clase es lo que su dirección política quiere que sea? o, ¿sin partido revolucionario una “clase en sí” podría elevarse a la condición de “clase para sí”?. Un partido revolucionario ¿puede excluir a otro partido que también organiza a la misma clase? Solo desde un subjetivismo trascendente pueden establecerse ideas que en la práctica, niegan cualquier coexistencia con el pluralismo de clase.

No es verdad que la clase obrera para elevarse a la categoría de sujeto político necesite identificarse con un partido director (revolucionario, claro). Si así fuera, podría ser sujeto en sentido histórico pero no sujeto político- más bien sería objeto político- el sujeto sería el partido y no la clase. ¿Por qué un partido y no dos? ¿Por qué un partido jerarquizado y no democrático? Siempre se ha afirmado que en las condiciones en que se desenvolvía la sociedad durante el zarismo, cualquier posibilidad de desarrollo democrático de un partido de masas era inviable. Esa amputación democrática debiera haber sido susceptible de eliminarse a la primera posibilidad.

Pero el Estado que aspiraban construir los bolcheviques se vio sometido a pruebas indeseables. No iba a poder ser un Estado dirigido por una cocinera, ni a transitar, cómodamente, del dominio sobre las personas a la administración de las cosas. En su inicio la Dictadura del proletariado se asociaba a lo que se entiende por “Tipo de Estado” y no como forma de régimen político. No olvidemos que la teoría marxista considera que todo Estado es, en última instancia, una dictadura de unas clases sobre otras, aunque esa dictadura pueda adoptar la forma de diferentes clases de régimen (siempre es preferible la democracia parlamentaria a la dictadura fascista), aunque ambos modelos constituyan diferentes formas de ejercer una dominación de clase. Pues bien, el régimen soviético terminó asociando, sin diferenciación alguna, el tipo de Estado y la clase de régimen, alejándose de cualquier evolución democrática.

La propia práctica política desarrollada por los bolcheviques, ya en el poder, terminaría creando las condiciones de su propia aniquilación futura: disolución de la Asamblea Constituyente, negativa al gobierno de coalición de los diferentes partidos obreros (particularmente mencheviques internacionalistas y eseristas de izquierda), prohibición del resto de partidos políticos, eliminación de la autonomía e independencia de los soviets, subordinación de los sindicatos al poder del Estado, supresión de la libertad de opinión en el propio partido, el terror sobre propios y extraños, Kronstadt…

Las justificaciones para este viraje se centraron en la situación de extrema dificultad para salvaguardar la revolución. La guerra civil, la invasión de las potencias extranjeras, la destrucción de las fuerzas productivas, una economía desquiciada, todo ello hizo aproximarse a Rusia y a las otras naciones soviéticas a la barbarie. Una fortaleza asediada que habría de defenderse sin que la revolución europea acudiese en su ayuda. Poderosas condiciones objetivas apuntaban hacia una degeneración que parecía inevitable y que las medidas adoptadas por el poder soviético acentuaban en grado sumo.

El hecho de que lo excepcional se convirtiera en estructural iba a dilucidarse en los seis años del interregno (1923-29). Después nada quedaría de la llamarada que conmovió al mundo. Un régimen despótico y policiaco ocuparía el lugar de las ilusiones desvanecidas. La clase obrera no era sujeto ni protagonista en la construcción del socialismo sino objeto y víctima de un nuevo régimen político desconocido en la historia. Obviamente, no se construía el socialismo.

El triunfo de la degeneración estalinista

El aislamiento de la revolución rusa acentuó sus rasgos nacionales y éstos, a su vez, favorecieron dicho aislamiento. No obstante, este recorrido no se efectúa sin contradicciones y mucho menos sin resistencias. Si hasta 1923 los pasos atrás (NEP, limitación de la democracia soviética y partidaria…) eran reconocidos como lo que fueron, a partir de ese año ya forman parte del cuadro completo y dejan de ser retrocesos inevitables para convertirse en virtudes (Bujarin: ¡Enriqueceos!, el socialismo a paso de tortuga).

La resistencia a este proceso no podía proceder de una clase obrera débil y agotada, desprovista de protagonismo y con sus organizaciones integradas en el Estado. Solo desde el interior del partido bolchevique habría de producirse. Asuntos como el régimen de partido, la política de la Internacional Comunista (IC), la continuidad de la NEP y la construcción del socialismo, además de la interpretación del pasado revolucionario y el legado leninista. Pero en estos debates solo la élite del partido pudo participar mientras la masa de afiliados y la clase obrera fueron espectadores pasivos de los virajes que se producían, permaneciendo ajenos al desenlace. Oposición de izquierda, oposición conjunta y oposición de derecha protagonizaron las diferentes etapas, pero por encima de todo, dos ideas: “revolución permanente” o “socialismo en un solo país”. En ellas se sintetizaba el presente pero también el futuro del comunismo.

En el llamado Interregno (1923-1929) se resolvió lo que había de ser el futuro. La Unión Soviética va a vivir una formidable contrarrevolución en que todo aquello que fue derrotado en 1917-20 va a renacer con fuerza incontenible. Un país sin industria y con la vieja clase obrera incorporada a la dirección del Estado, con las viejas clases dominantes antes derrotadas, pero que ahora, veían al partido como cauce para la expresión de sus intereses, daban un conjunto en que las condiciones materiales no ofrecían posibilidad alguna para la recuperación de un proletariado revolucionario. Los veteranos bolcheviques debían batirse en retirada y una nueva hornada de burócratas y arribistas abrazaban las nuevas teorías que ponían fin a la inquietud revolucionaria. “El socialismo en solo país” colmaba sus aspiraciones, otorgaba seguridades y eliminaba rebeldías que resultaban incomodas para una sociedad agotada por la miseria y el sufrimiento. Poco importaba que esa misma teoría reprodujese, en un interminable bucle, las miserias y el sufrimiento en los cuales se apoyaba su hegemonía.

La Oposición de Izquierda (trotskysta) primero y la Oposición Conjunta (Trotsky-Zinoviev-Kámenev) después, defendieron la restitución de la democracia interna en el partido bolchevique en contra del nuevo credo monolítico (Stalin-Bujarin-Rykov), aunque no pusieran ningún entusiasmo en la legalización del resto de organizaciones obreras. Abogaron por los planes de urgente industrialización, en el marco de la NEP, como instrumento para la modernización social y para la recuperación del proletariado, mientras el grupo dominante eternizaba la NEP y amenazaba con la expansión de la economía capitalista. Cuestionaron la política de la IC reconvertida en fuerza complementaria de la diplomacia soviética: el fracaso de la huelga general en Gran Bretaña, auspiciada por el llamado Comité Anglo-Ruso (laborista-comunista) y el fracaso de la revolución china en 1927 (la IC presionó al PC Chino para su incorporación al Kuomintang) resultarían elocuentes. Después de derrotada la Oposición Conjunta Stalin se revolvería contra sus aliados del ala derecha (Bujarin-Rykov-Tomski), dando comienzo a la colectivización forzosa y a una brutal industrialización, indisociable de una represión que en nada envidiaría a la del zarismo. Todo lo que recordaba al Octubre victorioso quedaba proscrito hasta culminar en el exterminio de la “vieja guardia”. No debían quedar testigos de Octubre. Mientras, una especie de nueva inquisición se apoderaba del partido, falsificando la historia, alentando la delación… En fin, un nuevo régimen se elevaba como sinónimo de la construcción del “hombre nuevo”.

Independientemente del carácter caprichoso del dirigente, el estalinismo no podía describir una linealidad histórica. Representa la supremacía de un nuevo grupo social parasitario, la burocracia, la que en definitiva, motiva sus caminos y sus ritmos. Así se explica su viraje ultraizquierdista cuando de combatir al ala derecha del partido se trata, el “socialfascismo”, teoría oficial vigente hasta 1934 y que contribuyó al éxito de Hitler y al hundimiento del PC alemán, el mayor partido comunista de occidente. Después el “frentepopulismo” en que el antifascismo se convertía en la negación de la revolución social (en España se experimentó su fracaso). En ambos casos, no era la defensa de la revolución social la que impulsaba las iniciativas sino la supervivencia de la burocracia como grupo dominante.

No es objeto de este trabajo el análisis de las posiciones de Trotsky, de sus numerosos errores ni de su compromiso con la revolución socialista. Las ideas de la teoría de la “revolución permanente” así lo reflejan: a) la revolución democrático-burguesa en los países dependientes es una tarea que corresponde al proletariado, la lucha democrática no se hace con la burguesía sino contra ella, bajo la dirección del proletariado. La revolución democrática va indisolublemente unida a la revolución socialista. b) la revolución en un determinado país está vinculada a la revolución internacional. c) el proceso de construcción del socialismo es imposible en un solo país, siendo el capitalismo la economía dominante a escala universal, solo la revolución internacional permitiría dar avances en esa dirección.

Pero Trotsky y la vieja guardia bolchevique no pudieron vencer. Como todos los derrotados hubieron de afrontar la ignominia de la mentira y la difamación. Como revolucionarios incorruptibles acabaron sus días en las consiguientes purgas, sin comprender, muchos de ellos, como la revolución más grandiosa de la historia era devorada por una contrarrevolución gestada en el partido más revolucionario de la historia. Por el contrario, Trotsky (expulsado de la URSS en 1928) quiso rescatar la tradición bolchevique de la perversión estalinista. Siguió creyendo que en la URSS solo era necesaria una revolución política que restaurase la democracia proletaria puesto que, la revolución social de 1917, había echado raíces indestructibles.

El caso es que en la década de los 80 cuando el llamado ”socialismo real” entra en fase de descomposición, no habrá nadie dispuesto a defenderlo. El comunismo correrá la suerte del estalinismo, fundidos ambos en una idea común. Carece de sentido reivindicar el comunismo auténtico contra la degeneración que engulló todo su componente subversivo y revolucionario. La construcción de un nuevo proyecto emancipatorio no puede efectuarse con sus presupuestos ni con sus tradiciones. La generosidad de sus militantes y de las clases obreras que lucharon por aproximarse al socialismo se hicieron acreedores a mejor suerte.

Recuperando el “hilo rojo”

El fracaso de la Revolución rusa y del comunismo no hace bueno al capitalismo ni a sus manifestaciones destructivas. Hoy como ayer sigue siendo necesario responder a los dramas humanos y a los conflictos sociales huyendo de la equidistancia y optando por todo aquello que contribuya a la protección de los derechos humanos y a la ampliación de la democracia. Buena receta esa que nos dice –más allá de toda duda o confusión- que no podemos ser neutrales, que cualquier compromiso tiene el sentido de hacer que los seres humanos sean más iguales y más libres. Y para esto, el comunismo, el “hilo” que la historia de los conflicto de clase nos legó, terminó entre escombros de esperanzas defraudadas. La humanidad tuvo que soportar una nueva guerra mundial devastadora, infinidad de nuevas guerras locales, fascismos, militarismo, racismo, montañas de sufrimiento, pobreza, opresiones de clase, de género… y en estas seguimos hasta comprometer, incluso, la supervivencia del propio planeta. Este balance es la prueba más esclarecedora de la derrota histórica de lo que fue un proyecto colectivo de emancipación humana, eso que denominamos “comunismo”.

De las enseñanzas que nos proporciona su trágica trayectoria, se podría concluir que la construcción de un proyecto emancipador no puede abordarse bajo las ideas, estrategias y programas de aquel fracaso histórico. No solo las condiciones sociales, la evolución del capitalismo y hasta los actores sociales, antiguos y actuales, requieren de nuevos objetivos, estrategias y programas.

La idea de “revolución democrática” podría sintetizar las aspiraciones de una nueva “mayoría social”, en que los intereses de las clases subalternas y demás grupos sociales excluidos de la toma de decisiones, sean protagonistas del futuro próximo de la humanidad. La “revolución democrática” expresaría el intento de trasladar a las relaciones sociales, a la economía, a la relación entre la actividad económica y la naturaleza, los componentes democráticos que no deben limitarse a la esfera de lo institucional. La democracia y los derechos humanos deben perder toda consideración instrumental, a la que tan proclive, en otros tiempos, ha sido la izquierda.

Otro error al uso es el antagonismo arbitrario entre la democracia directa y la democracia representativa. ¿Es posible la coexistencia? Sí, además de deseable. ¿Son incompatibles? No necesariamente. Recordemos que ha sido frecuente entre la izquierda clásica calificar a los procesos de reacción burguesa u oligárquica como “contrarrevolución democrática”, una contrarrevolución que en ningún caso tuvo nada de “democrática” y sí de restauración autoritaria o criminal de los privilegios de determinadas minorías. El adjetivar esos procesos como democráticos y situarlos enfrente de los procesos revolucionarios, constituyó un inmenso e inmerecido regalo a los grupos sociales dominantes.

Cuando en una sociedad determinada existen desigualdades entre los diferentes grupos sociales, se entiende que unos disponen de un acceso preferente o privilegiado a los bienes y servicios producidos por el conjunto social, siendo, dichos bienes y servicios resultantes del factor trabajo. Cuando una minoría disfruta de una capacidad económica superior, puede decidir los límites de la redistribución de la riqueza, de las decisiones gubernamentales que afectan a la economía, de la política fiscal, de la amplitud de los servicios públicos. De la misma forma, las instituciones políticas y las normas jurídicas se adecúan a sus intereses, incluso en aquellos sistemas considerados más democráticos. Pero toda dominación necesita de un determinado nivel de consentimiento de los grupos considerados subalternos, de una cierta legitimación y aceptación social, condiciones todas ellas que aseguran la invulnerabilidad, en este caso, de las élites dominantes.

Pero la dominación se ejerce de forma diversificada, abarcando, en consecuencia, todas las esferas de las relaciones sociales. Así, se puede hablar de dominación política, económica, social, cultural, nacional, ideológica, familiar… La forma de ejercicio de la dominación no es independiente de los objetivos de la dominación misma.

Bajo las circunstancias actuales de crisis global de la economía capitalista, los grupos sociales dominantes persiguen objetivos cuyas consecuencias implican la modificación profunda y radical del capitalismo conocido hasta el presente. El pensamiento neo-liberal no entiende de pactos ni de compromisos, el poder económico, ideológico y político no puede ser compartido y la necesidad de su concentración obedece a la naturaleza propia del capitalismo en época de crisis. En ese sentido, la democracia no deja de ser una superestructura incómoda, el Estado de Bienestar una rémora para la globalización absoluta y el medio ambiente el escenario al cual depredar sin límite alguno. Podría ser de otra forma pero esas poderosas fuerzas están imponiendo sus soluciones, las que aproximan a la humanidad hacia la barbarie… Pero el desenlace depende de nosotros y no tanto de ellos.

Contra esa “alianza de las élites” se hace necesario un “bloque social” que represente a la otra parte de los intereses en conflicto. En este sentido el conflicto entre trabajo y capital sigue siendo central pero no es el exclusivo. El feminismo y la lucha por una economía sostenible y respetuosa con el medio, constituyen las fuerzas motrices de cualquier aspiración de cambio radical.

En nuestro país y junto a esas fuerzas, el conflicto por los derechos nacionales de las naciones que el Estado no reconoce como tales, es otro de los factores que, indudablemente, hay que tomar en consideración. A grandes rasgos, la transformación democrática en nuestro país, avanza en la dirección ya descubierta por el 15-M en su momento: la lucha por un nuevo proceso constituyente, la democratización de la economía y la defensa del Estado de Bienestar; nuevos poderes, nuevas condiciones de vida y nuevos derechos.

De eso se trata, de que la “mayoría social” devenga en “mayoría política”. Un gobierno de la “mayoría social” que habría de poner en marcha –apoyándose en el “Boque social” y en la movilización-, cauces hacia el nuevo proceso constituyente, medidas que modifiquen las condiciones de vida de los de “abajo” y la recuperación del estado de bienestar.

Al menos, es un intento de que el “hilo rojo” del pasado pueda ser rescatado de los escombros dejados por el estalinismo. Su valor subversivo y transformador así lo requiere. El futuro del socialismo, también.

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Nota: Este articulo fue publicado en el Diario Público de España el 20 de octubre de 2017.