¿Unidad de las izquierdas? Brasil: la fractura del desgaste de gobernar

Por: Boaventura de Sousa Santos.

Un fantasma aterra Brasil. Las conquistas sociales y democráticas de los últimos quince  años, que parecían tan sólidas, ahora se diluyen, y las organizaciones sociales y políticas que las promovieron parecen estar tan desarmadas que resulta difícil imaginar que en su momento tuvieran tanta fuerza. ¿Ante quién se lograron esas conquistas? ¿Quiénes eran sus opositores o enemigos? Aparentemente, esas conquistas no debilitaron los poderes económicos, sociales y políticos conservadores, desde siempre dominantes, a los que se oponían, ya que de otro modo no se comprende la renovada agresividad y la avasalladora devastación con que estos poderes pretenden borrar de la memoria de los brasileños y brasileñas ese pasado  que acaba por ser tan reciente. ¿En una sociedad tan desigual y tan discriminatoria como la brasileña, serán posibles medidas que aumenten la inclusión social y la participación democrática de las mayorías sin afectar negativamente a los intereses de las clases dominantes que siempre han promovido la exclusión, la discriminación y el autoritarismo?

La perplejidad es enorme y amenaza con ser paralizadora durante algún tiempo por cuatro razones principales.

La coyuntura electoral

La primera es el golpe institucional con el que comenzó ese retroceso social y político. La destitución de la presidenta Dilma Rousseff abrió un proceso doblemente hostil y una reflexión profunda sobre lo que ocurrió y acerca de la recomposición de las fuerzas que podían resistir al retroceso. Por un lado, abrió un proceso electoral que, como cualquier proceso electoral, obliga a privilegiar el pensamiento táctico de la conquista del poder y deja de lado una problematización de la naturaleza de ese poder, una problematización que, en este caso concreto, debería incluir preguntarse por qué se perdió el poder en el periodo anterior al golpe. Por otro lado, se trató de un golpe continuado que se transmutó en una persecución judicial al principal arquitecto y símbolo de las conquistas sociales y políticas del periodo anterior, el expresidente Lula da Silva. Dadas las grotescas irregularidades procesales y la selectividad política de la saña persecutoria, las energías democráticas, antigolpistas, se centraron, y de manera acertada, en la defensa de la dignidad ciudadana de Lula da Silva y, más recientemente, en la defensa de su derecho a ser candidato en las próximas elecciones. También por esta razón, el hecho de que el tiempo apremiara provocó que se dispensaran otras problematizaciones del pasado y del presente.

El Brasil profundo

La segunda razón para esta perplejidad potencialmente paralizadora tiene que ver con la invisibilidad e incluso ausencia en el actual contexto del Brasil profundo, de la gran mayoría pobre, negra, indígena, joven, que vive en las favelas, que se pudre en las mazmorras, una mayoría que no tiene acceso ni al discurso político y mediático hegemónico ni al discurso paralelo de las redes sociales. Como mucho, tiene acceso al discurso de las iglesias que la acoge solo para ratificar y legitimar su ausencia. Esta mayoría ha vivido con mucha más ambivalencia el periodo anterior al golpe que lo que la clase política que lo protagonizó se puede imaginar. Muchas veces esta mayoría se sintió víctima de la negligencia, la falta de consideración, la displicencia e incluso la arrogancia de quienes se proclamaban sus defensores en nombre de los megaproyectos hidroeléctricos y mineros, el agronegocio, los eventos deportivos megalómanos que la expulsaban de sus tierras ancestrales, contaminaban sus aguas, destruían sus bosques, asesinaban a sus líderes y jóvenes, víctimas del odio racial, y echaban a las familias de sus humildes viviendas para mandarlas a distantes periferias. Esa mayoría sentía que los beneficios reales recibidos a través de las políticas sociales se lograban con enormes costes humanos y medioambientales que no se reconocían oficialmente. Sobre todo, sentía que no se incluía su voz en los números que hacían referencia a ella y su progreso. Quién sabe si debido a esto tendrá dificultades en darse cuenta de que, de ahora en adelante, será mucho peor.

La intervención imperial

La tercera razón de la perplejidad tiene que ver con la resistencia de los demócratas brasileños, y sobre todo de las fuerzas de izquierda, a prestar la debida atención a la injerencia del imperialismo estadounidense. Hoy en día, la injerencia de los Estados Unidos en el continente a lo largo del siglo xx está bien documentada y siempre tuvo el objetivo de eliminar gobiernos y gobernadores elegidos democráticamente que los dirigentes estadounidenses consideraran potencialmente hostiles a los intereses de las empresas estadounidenses. La lucha contra el comunismo, el narcotráfico, el terrorismo y el izquierdismo fueron los sucesivos pretextos usados para justificar las intervenciones, pero el objetivo siempre fue el mismo. Las intervenciones corresponden a una opción estratégica de larga duración y, por tanto, no dependen de quien ocupa la Casa Blanca. Al fin y al cabo, no fue Donald Trump sino Barack Obama quien emitió la desconcertante orden ejecutiva que declaraba Venezuela «una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional» de los Estados Unidos. Tradicionalmente, las intervenciones adoptaron varias formas. Sin embargo, en el pasado, cuando incluso fue necesario el cambio de régimen, casi siempre conllevaron la intervención militar y la instalación de dictaduras militares o gobiernos títere.

De manera trágica, los brasileños aprendieron (cuando lo aprendieron) que sin esa intervención no habría sido posible la dictadura militar de 1964. Fue un aprendizaje que les salió caro. Surgió la resistencia, fue un éxito y, en los últimos treinta y tantos años, Brasil vivió un periodo de relativo florecimiento democrático, aunque manteniendo muchas de las exclusiones causadas por la combinación fatal entre capitalismo (desigualdad social), colonialismo (discriminación racial) y patriarcado (discriminación sexual).  Una combinación compleja de factores, entre los cuales la aparente reorientación del imperialismo hacia Oriente Medio, el surgimiento en la primera década del nuevo milenio de varios gobiernos progresistas con más o menos vehementes discursos antiimperialistas (Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador) y la promoción de la democracia hecha por las agencias internacionales dominadas por los Estados Unidos (por ejemplo, el Banco Mundial), creó la ilusión de que los gobiernos del subcontinente podían de ahora en adelante gobernarse por cuenta propia sin prestar demasiada atención al Big Brother del Norte. Esta ilusión está creando una peligrosa zona de invisibilidad y desatención que es más grave si tenemos en cuenta que los medios de intervención imperial con el tiempo han cambiado y actualmente están mucho más diversificados y son más insidiosos. En vez de promover dictaduras, se presentan como «promotores de la democracia», una democracia vaciada de cualquier potencial popular, de inclusión social o de prioridad del interés nacional. Se trata de una democracia que se autoproclama libertaria, enemiga de la intervención del Estado, obediente a las exigencias del mercado, es decir, del capital, a través de los sectores dirigentes del capital (hoy en día, el sector financiero) y, sobre todo, abierta al pillaje de las riquezas naturales del país perpetrado por las empresas estadounidenses, el mismo objetivo de siempre.

Más concretamente, la intervención tiene tres pilares principales. Por un lado, la intervención en la opinión pública y en las protestas sociales a través de instituciones, organizaciones de la sociedad civil, bien articuladas con las redes sociales, financiadas por los Estados Unidos, tanto mediante las agencias del Estado (Congreso, Departamento de Estado, CIA, USAID) como mediante las fundaciones creadas por los grandes multimillonarios estadounidenses, entre los que destacan especialmente los hermanos Koch, dos auténticos potentados económicos. Lee Fang describe bien los enredos creados por estas instituciones en un trabajo de periodismo de investigación publicado en The Intercept el 11 de agosto de 2017 [1].

Lee Fang describe la extensión de Red Atlas y su relación con el Movimiento Brasil Libre que promovió activamente el impeachment de la presidenta Dilma Rouseff. «La red es extensa y, actualmente, cuenta con colaboraciones de 450 think tanks en todo el mundo. Atlas afirma haberse gastado más de 5 millones de dólares con sus colaboradores solo en 2016. A lo largo de los años, Atlas y sus fundaciones caritativas asociadas han realizado cientos de donaciones a think tanks conservadores y defensores del libre mercado en América Latina, incluso a la red que apoyó el Movimiento Brasil Libre (MBL)». Y, más adelante, añade: «El escenario político en el que surgió el MBL es una novedad en Brasil. Según Hélio Beltrão, un exejecutivo de un fondo de inversión de alto riesgo que ahora dirige el Instituto Mises, una organización sin ánimo de lucro que recibió el nombre del filósofo libertario Ludwig von Mises, hace diez años como mucho había tres think tanks libertarios en actividad en el país. Beltrão indica que, con el apoyo de Atlas, ahora existen cerca de 30 institutos que actúan y colaboran entre ellos en Brasil, como el Estudiantes por la Libertad y el MBL».

«Es como un equipo de fútbol; la defensa es la academia y los políticos son los delanteros. Y ya hemos marcado algunos goles», dice Beltrão al referirse al impeachment de Dilma. «Los centrocampistas serían “el personal de la cultura”, aquellos que forman la opinión pública». «Beltrão explica que la red de think tanks está presionando debido a la privatización de Correos, que describe como una “una fruta para ser recogida” y que puede conllevar una ola de reformas más amplias a favor del libre mercado. Muchos partidos conservadores brasileños acogieron a los activistas libertarios cuando estos demostraron que eran capaces de movilizar a cientos de miles de personas en las protestas contra Dilma, pero aún no han adoptado las teorías de la “economía del lado de la oferta”». «Fernando Schüler, académico y columnista asociado al Instituto Millenium —otro think tank de Atlas en Brasil— tiene otra visión del asunto. “Brasil tiene 17 mil sindicatos pagados con dinero público. Un día de salario al año se destina a los sindicatos, que están completamente controlados por la izquierda”, indica. La única manera de revertir la tendencia socialista sería superarla en el juego de maniobras políticas. “Con la tecnología, la gente podría participar directamente, organizando —en WhatsApp, Facebook y YouTube— una especie de manifestación pública de bajo coste”, añade, describiendo la forma de movilización de protestas de los libertarios contra políticos de izquierda». Quien esté atento a las redes sociales sabe bien qué significa esto.

Como ya he mencionado, este solo es uno de los pilares de la intervención imperial. El segundo pilar es la intervención en el proceso político mediante la financiación de partidos que sirven de vehículo a los intereses económicos del capital en general y de las multinacionales en especial. A veces, las  iglesias, sobre todo las evangélicas, se movilizan con ahínco para conseguir financiación.

El tercer pilar es la intervención en el sistema judicial. Antes de nada, debo aclarar que esta intervención no explica del todo el comportamiento reciente del poder judicial en Brasil en los últimos tiempos. Hay muchos otros factores que se deben tener en cuenta, desde la formación en las facultades de Derecho hasta su origen de clase y la organización institucional y organizativa (carreras, disciplina interna, salarios, etc.). La intervención imperial en el sector solo es un factor, aunque cada vez es un factor de más importancia en algunos países. La inversión estadounidense en el sistema judicial como instrumento de intervención imperial se intensificó dramáticamente tras la caída del Muro de Berlín y Rusia fue la gran «beneficiaria» de tal intervención, aparentemente sin mucho éxito. En el subcontinente, la intervención se centró en Colombia, pero se llevaron a cabo inversiones significativas en algunos países como, por ejemplo, el Brasil de los últimos diez años. Se trata de una intervención que pretende crear estructuras de acusación agresivas, bien equipadas e impregnadas de una ideología de independencia judicial orientada a la defensa prioritaria del principio de la libertad (en detrimento del principio de la igualdad) y de la defensa absoluta de la propiedad privada. De este modo, se pretende infundir la idea de que esta es la única ideología judicial legítima porque es la única no política (las afinidades con la ideología de la «escuela sin partido» son evidentes).

Resulta bien evidente en lo expresado por su portavoz tal vez más fiable, The Wall Street Journal, en un artículo de la columnista habitual para el continente, que el imperialismo no se equivoca sobre lo que está en juego en el actual drama judicial. El 4 de febrero de este año, en un artículo titulado «La condena de Lula es una victoria para Brasil», la autora escribe: «El mercado financiero de Brasil se disparó en enero cuando un tribunal de apelación confirmó la condena por soborno del expresidente Luíz Inácio Lula da Silva. La euforia de los inversores llevó al máximo al índice bursátil Ibovespa [2], que llegó al 5,3% la semana que acabó el 26 de enero. El mercado deliró, puesto que la decisión hizo aumentar las hipótesis de que Lula da Silva no sería candidato a las elecciones presidenciales fijadas para el 7 de octubre y, por tanto, no regresaría al Palacio Presidencial con su pernicioso populismo. Sin embargo, hay otra razón, mucho más profunda, por la que la decisión es una buena noticia para Brasil: esto significa que el sistema judicial se está volviendo más independiente y el Estado de derecho más maduro. Se trata de un desarrollo para la economía mucho mayor que cualquier hallazgo de petróleo o un fenomenal cultivo de soja». Después de mencionar la comunicación del abogado brasileño Geanluca Lorenzon, no por coincidencia miembro del Instituto Mises de Brasil, un texto presentado en el Cato Institute,think tank conservador estadounidense, aún menos por coincidencia, el artículo concluye: «El Estado de derecho en Brasil todavía necesita de mucho trabajo. Sin embargo, si el Supremo Tribunal Federal se ciñe a los hechos en este caso, esto será señal de un nuevo modelo de independencia y profesionalismo judicial que no se debe ignorar».

En el caso de la intervención imperial, la perplejidad paralizadora de la actualidad radica en la dificultad de las fuerzas democráticas, sobre todo de izquierda, de valorar como es debido el poder de esta intervención. Cuando lo hacen (pocas veces), tienden a caer en el polo opuesto y a atribuirle una importancia tan determinante que puede llevarlas al desánimo o incluso a desistir, una de las formas (la más económica) de que el imperialismo dispone para realizar sus objetivos. 

Resistencia alternativa

Finalmente, la cuarta razón de la perplejidad potencialmente paralizadora del momento, la que se aproxima más a los objetivos de este libro, consiste en la dificultad de las fuerzas democráticas, sobre todo de izquierda, de organizar una estrategia de resistencia y de alternativa eficaz y que sea creíble, teniendo en mente el contexto dominado por los tres factores mencionados antes. En términos generales, en este contexto también debería hablar de las fuerzas democráticas de derecha, es decir, fuerzas que reconocen el campo democrático como el único legítimo para dirimir conflictos políticos. La tragedia actual de Brasil es que hoy esas fuerzas no se pueden considerar colaboradoras fiables de una lucha por una democracia mínimamente creíble, una democracia que se sepa defender de los sucesivos golpes institucionales, que, debido a su frecuencia, configuran la idea de golpe continuado, por analogía con el concepto de crimen continuado. Y no pueden ser colaboradoras fiables debido a todas las connivencias, por acción y omisión, que revelaron con las fuerzas golpistas, tanto nacionales como internacionales. Ante esto, pienso que el destino de la democracia brasileña actualmente está en las manos de las izquierdas brasileñas.

Los desafíos

Hay dos desafíos. El primero tiene algo de dilemático porque implica actuar como si la democracia estuviera funcionando con un mínimo de consistencia, sabiendo de antemano que no lo está haciendo. La democracia funciona según la lógica de procesos ciertos para la obtención de resultados inciertos. La constitución reglamentaria de partidos, los sistemas y las leyes electorales, el funcionamiento de instancias de control de los procesos de disputa política, la libertad de expresión, el acceso a la información y a la comunicación, todo esto, son procesos que deben funcionar con gran regularidad y certeza para que los resultados de la disputa electoral sean inciertos, en otras palabras, para que pueda ganar A o B, para que no se sepa de antemano el resultado, independientemente del comportamiento de los electores; en fin, para que no se pueda ganar siempre ni perder siempre. En los últimos tiempos, hemos presenciado, no solo en Brasil sino también en otros países, no solo en el Sur global sino también en el Norte global, la creciente incertidumbre de los procesos democráticos, debido a la manipulación a la que se ven sometidos  estos procesos por parte de los monopolios mediáticos, mediante la financiación extremadamente desigual de las campañas electorales y la corrupción en general. Esta incertidumbre de los procesos se promueve para conseguir resultados ciertos, es decir, la victoria de los candidatos apoyados. Esta inversión de la relación entre procesos y resultados es fatal para el futuro de la democracia.

El problema más grave de Brasil en este momento es que esta inversión está ocurriendo en otras instituciones del régimen democrático, principalmente en el sistema judicial. El desarrollo concreto de la Operación Lava Jato y de las operaciones satélite está revelando que la certeza de los procesos, que está garantizada por el respeto de buena fe por las reglas procesales (criminales, civiles, administrativas, etc.), está siendo comprometida por procedimientos discrecionales que no se corrigen ni en las instancias de apelación ni en la instancias disciplinarias. El objetivo de esta creciente incertidumbre de los procesos pretende, tal como en la democracia, conseguir la certeza de los resultados, en este caso, la condena de un acusado de alto perfil que el imperio y las élites conservadoras nacionales quieren barrer de la lucha política y borrar de la memoria democrática del país.

La gravedad de esta doble inversión entre la certeza de los procesos y la incertidumbre de los resultados es especialmente grave por la siguiente razón. En periodos de más intensa disputa política, la lucha institucional se transforma con frecuencia en una lucha entre instituciones. Por ejemplo, entre decisiones del poder ejecutivo y del poder legislativo o entre cualquiera de ellos y las decisiones del poder judicial. En esas situaciones, tanto las instancias moderadoras como las formas de acomodación tienden a darse para permitir la continuidad de los procesos democráticos. ¿Qué pasa cuando todas las instituciones del poder democrático se embarcan en la misma inversión entre procesos y resultados y coinciden en la búsqueda de los mismos resultados? ¿También habrá espacio para hablar de democracia, o esta se habrá transformado en una inercia grotesca en el formato y fatal en los resultados? Pienso que todas las fuerzas genuinamente democráticas deben meditar sobre estas preguntas y responder colectivamente.

Las fuerzas de izquierda tendrán que luchar por la democracia en este contexto adverso. En estas condiciones, puede ser difícil confiar exclusivamente en la lucha institucional. Probablemente, esta tendrá que recurrir a la lucha extrainstitucional pacífica como estrategia complementaria. De hecho, la estrategia de la derecha golpista ha sido esta, solo que, en este caso, no hay un compromiso con la no violencia. En cambio, la violencia está en los manuales de la provocación contrarrevolucionaria. Para las fuerzas de izquierda, el recurso a la lucha extrainstitucional exige una articulación permanente con los movimientos sociales y todas las organizaciones populares. En este contexto, descuidar esta articulación permanente o mantenerla solo instrumentalmente y de manera oportunista para fines y momentos electorales será una estrategia suicida.

Este desafío es suficientemente exigente, pero aún hay otro, y no menos exigente. Las fuerzas de izquierda por tradición han estado fragmentadas, divididas por múltiples diferencias, a veces tan profundas que implican transformar fuerzas de izquierda rivales en enemigos principales. Por razones que se explican con pasado, pero que serán suicidas en un futuro caracterizado por el peligro de la supervivencia de la democracia, las izquierdas no han sabido distinguir entre diferencias reales y pragmáticas, susceptibles de acomodación y negociación, y diferencias ideológicas que, a veces, adoptan la forma de cismas dogmáticos muy cercanos a los que en el pasado dividieron las religiones y conllevaron luchas fratricidas.

Este trabajo es una modesta contribución para que se enfrente con éxito este último desafío, estando seguro de que, si no es así, la democracia acabará por zozobrar. En ese caso, las fuerzas de izquierda serán las primeras víctimas, y todas por igual, independientemente de las divisiones que ahora las vuelven tan diferentes. 

La fractura del desgaste de gobernar

El golpe judicial-parlamentario de la destitución de la presidenta Rousseff y la operación Lava Jato, con el apoyo activo del imperialismo estadounidense, tuvieron como objetivo debilitar las fuerzas de izquierda que habían gobernado el país en los últimos trece años, y lo lograron. Y lo lograron con tanto empeño que Brasil está retrocediendo a mucho antes de 2003, cuando comenzó la primera legislatura del presidente Lula da Silva. La caricatura del Brasil real en la que se ha transformado el Congreso con el actual sistema electoral y la cada vez más abusiva judicialización de la política han provocado que el sistema político brasileño haya entrado en tal desequilibrio que configura una situación de bifurcación: los próximos pasos pueden reestablecer la normalidad democrática o, por el contrario, profundizar de modo irreversible el vértigo fascistizante en el que se encuentra [3].

Las principales fuerzas de la izquierda partidaria en Brasil son el PT (Partido de los Trabajadores), el PDT (Partido Democrático Laborista), el PSB (Partido Socialista Brasileño), el PCdoB (Partido Comunista de Brasil) y el PSOL (Partido Socialismo y Libertad). La agresividad con la que el Gobierno ilegítimo de Michel Temer ha desmantelado los logros de la inclusión social de los últimos trece años parece indicar que este vértigo conservador solo se puede parar con el rápido regreso de la izquierda al poder. Ni siquiera se puede confiar en que una fuerza de centroderecha, con alguna consciencia social, pueda invertir ese proceso y rescatar algunos de los logros de la inclusión social recientes. Dicha fuerza o no existe o no tiene el poder político suficiente como para imponer tal agenda. Entre muchas otras cuestiones que la coyuntura brasileña suscita en este momento, me refiero a la que es relevante para el análisis que me propongo hacer en este texto. ¿Puede la izquierda volver al poder en Brasil a corto plazo y, si es posible, en qué condiciones es deseable que lo haga?  ¿Para que la izquierda regrese al poder, es necesaria la unidad o la articulación entre varios partidos de izquierda?

Una cuestión previa a la respuesta a estas cuestiones es la de saber cómo evolucionará el entendimiento entre las diferentes fuerzas de derecha. En este campo, lo que distingue Brasil de otros países analizados en este texto es la división entre las diferentes fuerzas de derecha. Es posible que su instinto de poder las lleve a un entendimiento a corto plazo. En cualquier caso, lo que suceda con las fuerzas de derecha seguro que tendrá un impacto en las fuerzas de izquierda. Para responder a las cuestiones de la unidad o la articulación entre las diferentes fuerzas de izquierda, el primer factor a tener en cuenta es que la izquierda, a través del PT, estuvo en el poder durante los últimos trece años, algo que no pasó en ninguno de los otros países. No pongo en duda aquí que el PT sea un partido de izquierda ni que muchas de las políticas que ha llevado a cabo sean políticas de izquierda.  Como sabemos, fue un Gobierno formado gracias a la alianza del PT con partidos de la derecha, sobre todo con el PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), al que pertenece el actual presidente, Michel Temer.

Para el tema tratado aquí son particularmente relevantes los siguientes factores. El primero es que el gobierno del PT fue cuestionado por otros partidos de izquierda, precisamente por ser un gobierno de alianzas con la derecha. El segundo es que en Brasil es particularmente importante considerar la fuerza de movimientos populares, no formalmente afiliados a ningún partido de izquierda. Tras la crisis política de 2015, se formaron dos grandes frentes de movimientos populares, el Frente Brasil Popular y el Frente Pueblo Sin Miedo, con sensibilidades de izquierda distintas; el primero coincide más con el PT, mientras que el segundo está más abierto a la idea de alianzas entre diferentes partidos de izquierda.  El tercer factor es que las fuerzas de derecha (el Gobierno ilegítimo, los grandes medios de comunicación, la fracción dominante del poder judicial y el imperialismo estadounidense) están resueltos a impedir por todos los medios (ya hemos visto que tales medios no tienen por qué ser democráticos) que la izquierda vuelva al poder, por lo menos antes de que el proceso de contrarreforma se haya consolidado. Por ejemplo, la reforma de la previsión social [4] parece un objetivo difícil de alcanzar, pero esto puede ser una de las ilusiones en las que los periodos preelectorales son fértiles.

Para la derecha, el mayor obstáculo al que se enfrenta ese designio es la candidatura del expresidente Lula, puesto que está convencida de que no hay otros candidatos de izquierda que puedan protagonizar una candidatura ganadora. El cuarto factor es el hecho de que las políticas que los gobiernos del PT llevaron a cabo entre 2003 y 2016 permitieron crear la ilusión de que eran generadoras de una gran conciliación nacional en una sociedad atravesada por profundas divisiones de clase, raza y sexo. Esto fue posible porque el contexto internacional permitió un crecimiento económico que hizo que 50 millones de brasileños se volvieran menos pobres sin que los ricos dejaran de seguir enriqueciéndose. De hecho, en esos años, la desigualdad social se agravó. Cuando el contexto internacional cambió (la trayectoria descendente del ciclo de las commodities), este modelo entró en crisis. La manera de gestionarse mostró trágicamente que no había habido conciliación. Las clases dominantes y las fuerzas políticas a su servicio solo habían aumentado sus expectativas de enriquecimiento durante el periodo y tuvieron suficiente poder como para no verlas frustradas en el nuevo contexto. En un entorno más contrario a sus intereses pasaron al enfrentamiento más radical, la situación presente. Esto significa que las políticas que fueron la marca del gobierno del PT, sobre todo en los primeros diez años, han dejado de tener viabilidad alguna en el nuevo contexto. De hecho, los últimos años del gobierno de la presidenta Dilma Rousseff ya fueron años pos-Lula. Con o sin el presidente Lula, si la izquierda vuelve al poder, el gobierno será característicamente un gobierno pos-Lula.

A mi entender, estos son los principales factores que nos ayudan a contextualizar la eventual deseabilidad de articulación entre fuerzas de izquierda (entre partidos y entre movimientos) y las dificultades a las que esta se puede enfrentar. En este momento, se pueden identificar dos posiciones. La primera, defendida por los líderes del PT, preconiza la unidad de la izquierda bajo la hegemonía del PT. La segunda, defendida por otras fuerzas de izquierda y por sectores del PT situados más a la izquierda, aboga por el hecho de que la unidad se debe basar en un acuerdo entre diferentes fuerzas de izquierda sin la hegemonía de ninguna de ellas. Una variante de esta posición defiende que las diferentes fuerzas de izquierda deben, en un primer momento, expresar libremente su pluralidad y diversidad (medir fuerzas) y pactar la unidad o la articulación en un segundo momento (segunda vuelta de las elecciones presidenciales o alianzas poselectorales en el nuevo Congreso).

La primera posición cuenta con un candidato de lujo, Lula da Silva, que no para de subir en las encuestas. Sin embargo, mientras escribo estas líneas su futuro político es incierto. Por otro lado, esta posición puede, en el mejor de los casos, garantizar que una fuerza de izquierda llegue al poder, pero no puede garantizar que, una vez en el poder, dé seguimiento a una política de izquierda, es decir, una política que, incluso siendo moderada, no sea rehén de alianzas con la derecha que hagan que pierda su carácter. De hecho, dada la extraña naturaleza del sistema de partidos brasileño, puede darse la posibilidad de una fracción de centroderecha del PMDB se transfiera al PT y se presente con el candidato Lula a las elecciones presidenciales, conquistando así, por ejemplo, la vicepresidencia. En este caso, una chapa electoral [5] del PT aparentemente homogénea contendría un componente significativo de centroderecha.

La segunda posición ha sido defendida dentro y fuera del PT. Dentro del PT, el portavoz más importante de esta posición es Tarso Genro, que fue uno de los ministros más importantes del Gobierno de Lula da Silva. Fue gobernador del estado de Rio Grande do Sul y alcalde de Porto Alegre en la época dorada de la articulación entre democracia representativa y democracia participativa (el presupuesto participativo). En declaraciones a la prensa del 14 de enero, afirma: «Defiendo que los demás partidos de izquierda presenten a sus candidatos y que Guilherme Boulos y Manuela D’Ávila [candidata del PCdoB] sean nuevos cuadros políticos, importantes para la reconfiguración de un nuevo frente político en el futuro, capaz de hegemonizar un gobierno de centroizquierda, de reformismo fuerte, como está ocurriendo o tendiendo a ocurrir en algunos países. No se sabe hasta dónde puede ir, por ejemplo, la experiencia portuguesa, e incluso cuánto puede durar, pero si no nos atrevemos a componer una izquierda plural, creativa y democrática, con un claro programa de transición de una economía liberal rentista a una economía con elevados índices de crecimiento, nuevas formas de inclusión social y a la vez productiva, el futuro de la izquierda será cada vez más incierto y defensivo». Curiosamente, si no me equivoco, esta es la primera vez que un líder político importante de Brasil se refiere a la articulación entre las fuerzas de izquierda en Portugal como un camino a tener en cuenta.

Esta segunda posición es, sin lugar a dudas, la más prometedora. Lo es tanto que permite dar visibilidad al único líder popular y de izquierda, sin contar con Lula da Silva, que Brasil ha conocido en los últimos cuarenta años. Se trata de Guilherme Boulos, joven líder del MTST (Movimiento de los Trabajadores Sin Techo) y del Frente Pueblo Sin Miedo.

La segunda posición, al contrario que la primera, excluye cualquier tipo de alianza con las fuerzas de derecha debido al desgaste del gobierno del PT en los últimos años y al golpe institucional que acabó por bloquear el proceso democrático,

Ante esto, parece que las izquierdas brasileñas están condenadas a articularse si quieren llegar al poder para realizar un programa de izquierda. Para que esto suceda, puede ser necesario que las izquierdas estén fuera del poder más tiempo de lo que uno se puede imaginar.

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Nota: Este articulo fue publicado en el Diario Público el 8 de marzo de 2018.