Uruguay: casi un modelo de desarrollo

Por: Manuel de la Iglesia-Caruncho.

Uruguay es ese pequeño país que se conoce por sus futbolistas, sus escritores y por el Pepe Mujica, aunque otras características debieran hacerle merecedor de un reconocimiento distinto. ¿Por qué ese pequeño país ha avanzado tanto?

Uruguayos son Suárez, Forlán, Onetti, Benedetti, Galeano, lo fue Juana de Ibarborou, y lo es el Pepe Mujica, un tipo de esos que uno hasta pondría la mano en el fuego por él. Allí vive ese pensador en una humilde casa de campo en la que, siendo el mandatario, recibía a sus visitas en una rústica mesa de madera con dos bancas a cada lado, en medio de un descuidado jardín.

El paisito es también conocido porque lo habitan doce millones de vacas, seis millones de ovejas y poco más de tres millones de seres humanos. Los uruguayos presumen, con razón, de producir alimentos para casi treinta millones de personas. No sólo carne. También está la soja como gran producto de exportación.

Sin embargo, no es tan conocido por otros rasgos que debieran hacerle merecedor de un mayor reconocimiento. Hagamos este experimento. Elaboremos un listado de países que cumplan con cuatro condiciones: mostrar un crecimiento sostenido en la última década; haber reducido substancialmente la pobreza; haber disminuido la desigualdad social; y que esos logros se hayan producido en un entorno de libertades, con elecciones libres y respecto a los derechos humanos.

Nos sobran los dedos de las manos para contar el número de países del mundo que cumplen estos requisitos. Desde luego no los cumple EE UU, donde la desigualdad aumenta a pasos agigantados; tampoco España, que quedaría fuera de la lista por la reciente crisis, el aumento de la población en riesgo de pobreza y el de la desigualdad; ni China, donde aumenta el PIB vertiginosamente, pero la desigualdad lo hace a igual velocidad, mientras se ignoran las libertades individuales. De Rusia, mejor ni hablar. Y si nos fijamos en los vecinos de Uruguay, el gigante brasileiro, con crisis, desigualdad y pobreza, va camino de no cumplir ninguna de las cuatro condiciones; Chile, con una renta per cápita similar a la uruguaya, es uno de los países más desiguales de América; Argentina, que todavía no ha superado su crisis económica, también ve aumentar la desigualdad y la pobreza; en fin, para que seguir…

Mientras, Uruguay las cumple todas: crece por encima del 3% anual desde hace más de una década; la pobreza no alcanza al 10% de la población, frente al 40% de 2002; la pobreza extrema no llega al 1%; el índice de Gini, que mide la desigualdad, también se redujo apreciablemente; y, en fin, goza de una democracia estable en la que se han ido reconociendo derechos de nueva generación, como el de la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio entre personas del mismo sexo o el consumo de marihuana para mayores de edad. Todo ello junto al empuje de las energías alternativas, el Plan Ceibal, que dotó de computadoras a la totalidad del alumnado del país -las ceibalitas– o la aprobación de un Sistema nacional de cuidados cuya aplicación, poco a poco, va abriéndose camino.

¿Por qué ese pequeño país ha avanzado tanto? Por supuesto caben distintas interpretaciones, pero en cualquiera de ellas habría que comenzar por su historia. Uruguay tiene una sólida tradición laica y democrática, sólo manchada por una dictadura militar entre 1973 y 1985. Hace más de un siglo se reconoció el derecho a la educación gratuita y se permitió el voto femenino y el divorcio. La tradición democrática fue capaz hasta de obligar a la dictadura a reconocer que había perdido el plebiscito de 1980 -lo que dio lugar al proceso de apertura- y logró también que, en 1992, un gobierno conservador perdiera la consulta sobre la privatización de las empresas estatales, por lo que siguen siendo públicas.

Una segunda razón es el buen hacer de los gobiernos del Frente Amplio, que gana las elecciones desde hace 15 años sin que aparezcan apenas casos de corrupción -aunque el vicepresidente Sendic se vio obligado a dimitir por uno de ellos-. El Gobierno supo combinar la bonanza económica debida al boom de precios de las materias primas con la aplicación de políticas públicas oportunas: la laboral, que puso en marcha las negociaciones tripartitas y elevó substancialmente el salario mínimo -el salario real aumentó en un 50% en la última década-; la social, con programas de apoyo a la población más desfavorecida; la fiscal, que permitió aumentar la recaudación pública…

Entonces, ¿son todo maravillas en ese pequeño país que ocupa los primeros ranking en América Latina en cuanto a libertades, igualdad o la buena opinión de la ciudadanía sobre sus políticos y legisladores? Y si lo fuesen, ¿cómo interpretar que las últimas encuestas para las elecciones de 2019 sitúen al Frente Amplio como perdedor?

Bueno, es posible que el Frente Amplio se haya acomodado y descanse más en los réditos de los avances ya registrados que en nuevas y ambiciosas propuestas. Pero el electorado no parece contentarse sólo con lo conseguido. Y no faltan retos de los que ocuparse, como: i) la reforma de un sistema educativo que muestra porcentajes muy elevados de abandono escolar (en Uruguay son demasiadas las instituciones con competencias educativas y, con tantos responsables, nadie lo es); ii) una muy baja presencia de mujeres -de las menores de América Latina- en puestos de responsabilidad en la política (Parlamento, Gobierno, intendencias), la judicatura o la dirección de empresas. La desconsideración por las políticas afirmativas de igualdad ha hecho que la nación se estanque en este punto, mientras otros países la han sobrepasado -y sí, esas políticas funcionan-. iii) El cuidado medioambiental. Uruguay no se ha substraído todavía a los cantos de sirena del desarrollismo, aunque se ha librado en años recientes de un mina de hierro a cielo abierto -por falta de rentabilidad más que por falta de voluntad-. Ayudaría al Frente Amplio comenzar ese giro cultural. iv) Modificar la estructura productiva hacia un modelo más basado en la I+D+i, que deje atrás la excesiva dependencia de las materias primas y los productos básicos y que consiga diversificar la oferta exportadora.

Uruguay ha mostrado grandes avances en los últimos quinquenios. Ahora necesita sorprender con una nueva generación de reformas. De lo contrario, corre el riesgo de dormirse en los laureles y de quedarse en ser casi un modelo de desarrollo para el resto de Latinoamérica. No es poco, pero ¡qué lástima, pudiendo ser campeón!

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Nota: Este articulo fue publicado en el Diario Mundiario el 3 de abril de 2018.